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miércoles, marzo 3
dicen que a veces es preciso perderse para poder encontrarse
A propósito de Tim Burton, hace poquito hablábamos de Alice in Wonderland y mi inclinación por las historias de niñas perdidas en mundos fantásticos buscando la manera de volver a casa, una forma de identificación que tengo ante esta constante sensación en mi vida de que estoy buscando algo. Me preguntó qué era eso que buscaba y yo sólo sonreí. No sé, le dije, sólo sé que estoy buscando. Quizá lo sepa cuando lo encuentre, quizá lo sepa cuando muera; es más, quizá cuando muera me dé cuenta que no estaba buscando nada en realidad. Quizá esta sensación de búsqueda sea para mí lo que otros tratan de llamar inspiracionalmente como el sentido de la vida o algo así. Él sólo sonrió ante la simpatía de mis enigmas. Esta mañana, a propósito de otra búsqueda que no es mía, pensaba en el sentimiento de impotencia que generan las búsquedas infructuosas cuando sabes qué es lo que quieres en verdad y no lo encuentras. No puedo evitar preguntarme si eso no será porque estamos buscando en los lugares incorrectos o siguiendo una estrategia inadecuada. Es terrible no poder discernir qué pasa o ser incapaces de reconocer en qué estamos errando. Yo desde fuera tampoco lo puedo ver, sólo puedo tratar de dar ideas y tratar de ayudar a cargar un poco del peso de la frustración y la incertidumbre. Trato de pensar que es una cuestión de fe y de no cansarse de intentarlo, porque de un tiempo para acá, ya lo había comentado, me cae como patada en el hígado esa frasecita de "las cosas pasan por algo". Las cosas no "pasan", las cosas no "llegan" así como así porque sí. Las cosas hay que buscarlas, saber recibirlas. Me desespera lo pusilánime de la falta de esfuerzo y de voluntad.
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de los complejos equilibrios del universo,
pesquisas
domingo, noviembre 8
un mundo cruel
No sé qué decir, pero es el tipo de cosas de las que creo tenemos que enterarnos, porque no somos islas y porque no sólo pasan al otro lado del mundo, sino en lugares más cercanos de lo que parecen.
Testigo del horror. El pueblo más triste del mundo --John Carlin, El País Semanal.
Y a propósito, una transcripción de Julio Cortázar, de las muchas que quisiera incluir aquí:
Las buenas conciencias
Sos así: inteligente, clara, refinada,
vivís en armonía con las gentes, las cosas y las plantas
que has elegido despaciosamente,
rechazando sin ruido lo que quebraba el ritmo diurno,
la calma de tus noches.
Eso no significa que ignores este caos,
este fragor de sangre que llaman siglo veinte.
Al contrario, seguís muy de cerca
cosas como el racismo, el apartheid y las transnacionales,
la sangre en Argentina y Chile y Paraguay y etcétera.
Cada tarde a las seis comprás Le Monde
y te indignás sinceramente
porque todo es violencia, violación y mentira
en Dublín en Beirut en Santiago en Bangkok.
Y después cuando vienen Paulita y Juan y Pepe
les explicás con té y tostadas que esto no puede ser,
que cómo puede ser que esto sea así, y la mesa
se llena de protestas democráticas,
de migas humanísticas y Derechos Humanos (cf. Unesco).
Todos están de acuerdo, y todos sienten
que están del justo lado, que hay que aplastar a Pinochet,
pero curiosamente
ni ellos ni vos han hecho nunca nada
para ayudar (digamos, dieron plata, se solidarizaron
algunos con las campañas periodísticas),
porque les lleva lo mejor del tiempo
aplastar al fascismo con perfectas razones silogísticas
y sentimientos impecables.
Es evidente que leer Le Monde
es ya un combate frente a los que leen el Figaro.
Lo importante es saber dónde está la verdad
y repetirlo y repetirlo cada día
a los mismos amigos en el mismo café.
Casi una militancia o poco menos,
casi un peligro porque en una de ésas
te oye un fascista y ahí nomás te fichan.
Oh, querida, ya es tarde,
andá a dormir pero antes, claro,
las últimas noticias. Mataron
a Orlando Letelier. Qué horror, verdad.
Esto no puede ser, esta violencia
tiene que terminar.
(Suena el teléfono, es Paulita
que acaba de enterarse.)
Da gusto ver
cómo vos y tu gente participan
de la historia.
Vas a dormir tan mal, verdad, mejor quedarse oyendo música
hasta que venga el sueño de los justos.
Testigo del horror. El pueblo más triste del mundo --John Carlin, El País Semanal.
Y a propósito, una transcripción de Julio Cortázar, de las muchas que quisiera incluir aquí:
Las buenas conciencias
Sos así: inteligente, clara, refinada,
vivís en armonía con las gentes, las cosas y las plantas
que has elegido despaciosamente,
rechazando sin ruido lo que quebraba el ritmo diurno,
la calma de tus noches.
Eso no significa que ignores este caos,
este fragor de sangre que llaman siglo veinte.
Al contrario, seguís muy de cerca
cosas como el racismo, el apartheid y las transnacionales,
la sangre en Argentina y Chile y Paraguay y etcétera.
Cada tarde a las seis comprás Le Monde
y te indignás sinceramente
porque todo es violencia, violación y mentira
en Dublín en Beirut en Santiago en Bangkok.
Y después cuando vienen Paulita y Juan y Pepe
les explicás con té y tostadas que esto no puede ser,
que cómo puede ser que esto sea así, y la mesa
se llena de protestas democráticas,
de migas humanísticas y Derechos Humanos (cf. Unesco).
Todos están de acuerdo, y todos sienten
que están del justo lado, que hay que aplastar a Pinochet,
pero curiosamente
ni ellos ni vos han hecho nunca nada
para ayudar (digamos, dieron plata, se solidarizaron
algunos con las campañas periodísticas),
porque les lleva lo mejor del tiempo
aplastar al fascismo con perfectas razones silogísticas
y sentimientos impecables.
Es evidente que leer Le Monde
es ya un combate frente a los que leen el Figaro.
Lo importante es saber dónde está la verdad
y repetirlo y repetirlo cada día
a los mismos amigos en el mismo café.
Casi una militancia o poco menos,
casi un peligro porque en una de ésas
te oye un fascista y ahí nomás te fichan.
Oh, querida, ya es tarde,
andá a dormir pero antes, claro,
las últimas noticias. Mataron
a Orlando Letelier. Qué horror, verdad.
Esto no puede ser, esta violencia
tiene que terminar.
(Suena el teléfono, es Paulita
que acaba de enterarse.)
Da gusto ver
cómo vos y tu gente participan
de la historia.
Vas a dormir tan mal, verdad, mejor quedarse oyendo música
hasta que venga el sueño de los justos.
domingo, enero 11
exceso de equipaje
¿cuántas caras puede tener uno? ¿en cuántos pedacitos nos partimos? ¿cuántos Místers Hyde nos atormentan, de noche, de día, a diferentes horas? ¿cómo es posible ir de un lugar a otro en tanto vuelco del corazón? ¿ser tanto, ser nada, tener todas estas caras y ser siempre la misma?
jueves, diciembre 18
miedo
viernes, noviembre 28
decisions, decisions
sometimes you have to make a choice, and usually that's never easy
you have to risk yourself, you have to give up something important you like as well
but life is all about it
decisions, sacrifices, rewards, losses
you cannot have all
it's just surprising how easy some decisions can be made, though
so natural, so obvious, so inevitable
I like to think is my heart who knows what's the best
I just need to know my heart was right enough.
I learned this so much time ago,
still is not easy.
you have to risk yourself, you have to give up something important you like as well
but life is all about it
decisions, sacrifices, rewards, losses
you cannot have all
it's just surprising how easy some decisions can be made, though
so natural, so obvious, so inevitable
I like to think is my heart who knows what's the best
I just need to know my heart was right enough.
I learned this so much time ago,
still is not easy.
sábado, noviembre 1
.
regresiones
Una fiesta de disfraces. Un no-abuelo de 96 años. Una imagen en el espejo. Un viaje inesperado a la niñez. Todo tan lejano. Nostalgia.
dilemas
¿no me animo por miedo a que me digan que no, o a que me digan que sí y a la mera hora no me guste?
Una fiesta de disfraces. Un no-abuelo de 96 años. Una imagen en el espejo. Un viaje inesperado a la niñez. Todo tan lejano. Nostalgia.
dilemas
¿no me animo por miedo a que me digan que no, o a que me digan que sí y a la mera hora no me guste?
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dudas,
existencialismo barato,
pesquisas,
recuerdos
martes, octubre 28
sábado, agosto 30
generación
Esta mañana recibí un correo de MN, un cuate al que respeto mucho y al que le tengo mucho cariño, aunque ya hace un chorro que no tenía noticias suyas. Él escribe bien, en 10 ó 20 años, seguramente menos, no dudo que estaremos leyendo sus columnas en algún diario de circulación nacional. Nos habla de su preocupación por lo que está pasando en México respecto a la inseguridad, y también dice algo similar a esta inquietud que yo traía por aquí el otro día, sobre nuestra falta de compromiso como ciudadanos y nuestra participación como agentes que colaboramos con la corrupción y la ausencia de seguimiento a la ley. Sin embargo, lo que más me llamó la atención es este párrafo que voy a citar aquí:
Me llamó la atención por la cuestión del relevo generacional, por todos los vacíos que a nosotros nos va a tocar llenar y por todos esos espíritus grandes y mentes brillantes que hemos perdido para siempre. Digo esto porque después leí la noticia sobre la muerte de Gilberto Rincón Gallardo y lo lamenté mucho, porque la izquierda en México será muy cuestionable y todo lo que quieran, y soy la menos indicada para hablar sobre eso, pero creo que este señor tuvo un papel fundamental como factor de cambio en la vida política y social de México, además de ser un ejemplo en sí mismo de la lucha contra la adversidad. Me hizo recordar también la reciente partida de Alejandro Aura, a quien yo no ubicaba como escritor, sino como el director maravilloso de la Secretaría de Cultura del DF, con todos los libroclubes y los conciertos y eventos gratuitos en el zócalo a finales de los '90, y de quien me vine a enterar de todo lo demás cuando empecé a leer su blog poquito antes de su muerte, en fin. Pese a todos los claroscuros que hay en la vida de una persona, hay veces en que prefiero enfocarme en su legado positivo. Por eso me pregunto cuando toda esta gente emprendedora muere, ¿y ahora quién va a tomar su lugar? Y no puedo evitar esta sensación de que cada vez más nos estamos quedando desamparados de buenos hombres y mujeres, de seres humanos ejemplares.
Para los de mi edad, a nada de ser treintones: Ya Basta de vivir tan ensimismados. Temo que nuestra generación es sumamente individualista, pero no a la gringa (como tradicionalmente se entiende), sino a la mexicana, que consiste en denostar y despreciar el éxito del otro, sobrevalorar el éxito propio y conmiserarse frente al fracaso. Mi generación tiene un enorme deseo, casi obsesión, por el éxito profesional. Durante mis años en la universidad, sólo un puñado de compañeros dedicó parte de su tiempo al trabajo comunitario. Esto es tristísimo en un país tan necesitado como México. Soy muy pesimista en cuanto a mi generación como factor de cambio, pero admito que todavía somos suficientemente jóvenes como para tomar otro camino.(quisiera aclarar que MN es un año mayor que yo, así que él será treintón primero, gracias)
Me llamó la atención por la cuestión del relevo generacional, por todos los vacíos que a nosotros nos va a tocar llenar y por todos esos espíritus grandes y mentes brillantes que hemos perdido para siempre. Digo esto porque después leí la noticia sobre la muerte de Gilberto Rincón Gallardo y lo lamenté mucho, porque la izquierda en México será muy cuestionable y todo lo que quieran, y soy la menos indicada para hablar sobre eso, pero creo que este señor tuvo un papel fundamental como factor de cambio en la vida política y social de México, además de ser un ejemplo en sí mismo de la lucha contra la adversidad. Me hizo recordar también la reciente partida de Alejandro Aura, a quien yo no ubicaba como escritor, sino como el director maravilloso de la Secretaría de Cultura del DF, con todos los libroclubes y los conciertos y eventos gratuitos en el zócalo a finales de los '90, y de quien me vine a enterar de todo lo demás cuando empecé a leer su blog poquito antes de su muerte, en fin. Pese a todos los claroscuros que hay en la vida de una persona, hay veces en que prefiero enfocarme en su legado positivo. Por eso me pregunto cuando toda esta gente emprendedora muere, ¿y ahora quién va a tomar su lugar? Y no puedo evitar esta sensación de que cada vez más nos estamos quedando desamparados de buenos hombres y mujeres, de seres humanos ejemplares.
miércoles, agosto 27
candidez
Teníamos poco de conocernos pero luego luego empezó con sus preguntas insidiosas y sus toritos, una de sus favoritas era: ¿qué es lo que mueve al mundo: el poder, el dinero o el sexo? Mi respuesta no variaba: el poder, y la suya siempre era: no Karina, es el sexo. Como hace mucho de eso, no se me ha ocurrido preguntarle recientemente qué tanto de eso era cierto y qué tanto eran nomás sus hormonas de los 19 años. También por ese entonces Fer me había contado que pensaba estudiar Relaciones Internacionales para poder entender la balanza de poder que mueve al mundo. Cuatro años y medio después los dos nos graduamos de Economía.
Desde chavita me fue difícil entender y aceptar la desigualdad y la pobreza. A los 10 años califiqué la situación como algo injusto, y decidí que quería estudiar Derecho para traer la justicia a este mundo. Poco después intuí que por ahí no iba la cosa; una chiripada me hizo fijarme en la Economía y creí que la clave tenía algo que ver con el dinero. Mi percepción se fue refinando, aparentemente: la disparidad en la distribución del ingreso como un reflejo del inequitativo acceso a las oportunidades de desarrollo, las fallas de los mercados, efectos del entorno macro, blablabla. Pero no, de nada sirve entender y explicar cómo es que un país como Zimbabwe puede tener a más del 80% de su población desempleada y tasas de inflación de 11 millones por ciento (aunque creo que nunca me había imaginado que una cifra así pudiera existir, según las equivalencias, una barra de pan viene costando alrededor de $150 USD), si no se puede hacer nada porque la clase política de un país es la que dirige y lo lleva al caño, derechito y sin escalas. Y ahí están esos tipos, rascándose la espalda el uno al otro y robando a discreción en tiempos de bonanza, y sacándose los ojos y desconociéndose cuando el barco se hunde, mientras la gente se muere de hambre, cuando no tiene fuerzas o medios para poder huir. Y una vez más, uno acá bien mono inútil, nomás mirando.
O sea que para el caso da lo mismo Fer, lo que mueve al mundo es la voluntad, buena o mala, pero lo mueve.
Desde chavita me fue difícil entender y aceptar la desigualdad y la pobreza. A los 10 años califiqué la situación como algo injusto, y decidí que quería estudiar Derecho para traer la justicia a este mundo. Poco después intuí que por ahí no iba la cosa; una chiripada me hizo fijarme en la Economía y creí que la clave tenía algo que ver con el dinero. Mi percepción se fue refinando, aparentemente: la disparidad en la distribución del ingreso como un reflejo del inequitativo acceso a las oportunidades de desarrollo, las fallas de los mercados, efectos del entorno macro, blablabla. Pero no, de nada sirve entender y explicar cómo es que un país como Zimbabwe puede tener a más del 80% de su población desempleada y tasas de inflación de 11 millones por ciento (aunque creo que nunca me había imaginado que una cifra así pudiera existir, según las equivalencias, una barra de pan viene costando alrededor de $150 USD), si no se puede hacer nada porque la clase política de un país es la que dirige y lo lleva al caño, derechito y sin escalas. Y ahí están esos tipos, rascándose la espalda el uno al otro y robando a discreción en tiempos de bonanza, y sacándose los ojos y desconociéndose cuando el barco se hunde, mientras la gente se muere de hambre, cuando no tiene fuerzas o medios para poder huir. Y una vez más, uno acá bien mono inútil, nomás mirando.
O sea que para el caso da lo mismo Fer, lo que mueve al mundo es la voluntad, buena o mala, pero lo mueve.
miércoles, julio 30
tercera persona
cuando el abuelo partió, aprendió a nunca dejar que alguien se vaya sin despedirse, pues no sabe si ésa será la última vez que pueda darle un abrazo
ahora que S no está, trata de digerir la idea recurrente de que no se puede dejar todo en manos del tiempo, suponer que todo está bien y que, si no, las malas noticas se saben pronto
a veces el tiempo pasa más rápido de lo que se cree, y las malas noticias que llegan rápido pueden ser las peores, y ser entonces demasiado tarde
ahora que S no está, trata de digerir la idea recurrente de que no se puede dejar todo en manos del tiempo, suponer que todo está bien y que, si no, las malas noticas se saben pronto
a veces el tiempo pasa más rápido de lo que se cree, y las malas noticias que llegan rápido pueden ser las peores, y ser entonces demasiado tarde
lunes, enero 21
duendes

Cada tanto pierdo algo de forma misteriosa y revuelvo todo a mi alrededor sin encontrarlo. Tuve una etapa en la que eso me pasaba todo el tiempo y decía mi mamá que era por distraída y vivir con la cabeza en la luna. Según yo eso pasaba porque estaba con mucho estrés. Pero cuando de pronto se pierde algo sin razón aparente me desespero y sólo atino a pensar que algún duende llega aquí a hacer de las suyas. Cuando vivía en el dormitorio de la universidad en York me pasó que una mañana mientras me vestía me puse un calcetín y cuando me quise poner el otro éste ya no estaba en la cama. Vivía en un cuartito como de 2x3m y era imposible que un estúpido calcetín se perdiera, pero así fue. Saqué cajones, moví la cama, vacíe mochila, maletas, zapatos, fui al baño comunitario, t-o-d-o y el calcetín nunca apareció. Tuve que agarrar otro par y dos días después descubrí que el calcetín perdido colgaba de la lámpara de mi escritorio. Hace una hora estaba organizando una de mis carpetas de ejercicios para empezar a practicar para mis prelims en junio y resulta que no encuentro los post-it con los que les pongo nombres a las carpetas. Estuve trabajando hasta las 3am con una tarea de econometría y antes de irme a dormir todavía estaban en el comedor los fregados post-it. La cosa es que no entiendo qué se hicieron y ya busqué y busqué hasta en la alacena de la cocina y en el refrigerador (lo cual no es extravagante considerando que una vez encontramos el reloj de mi papá en el congelador -creemos que lo dejó ahí cuando fue a buscar una cerveza-). Pero los post-it no se pierden así porque sí. Yo digo que son los duendes. O mi cerebro que busca hacerse pato con lo que sea con tal de no ponerse a trabajar. Y seguro ese inútil objeto extraviado aparecerá el día menos pensado en el estúpido lugar menos imaginable.
Seguiremos informando.
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