viernes, enero 30

celebremos...

nomás por ganas, por estar vivos, porque sí :)
la canción la conocí por mi hermano, la víspera de año nuevo... historias, historias...
la letra es un poco triste, todo depende de cómo lo quiera ver uno, pero me gusta y la música me pone muy de buenas
así que aquí está, dedicada a esas maravillosas personas a las que quiero mucho muchísimo y con quienes he vivido historias dignas de contar y de guardar en el corazón :)

escuche aquí:



y vea ud acá el video original, o aquí la versión con imágenes de la naturaleza, cortesía de la BBC:



Adiú ;)

domingo, enero 25

memorias

El domingo es el día del Señor, o eso dicen. El domingo es una cosa familiar, me gusta más eso. Pero bien dicen: con la familia y el sol, entre más lejos mejor. Y todo eso mezclado me gusta. Quizá por estar lejos es que lo valoro de verdad, ve tú a saber.
De niña me gustaba pasar los domingos en casa de mis abuelos. Íbamos a misa de once con el padre Polo, el peor de los suplicios porque nos aventábamos la hora y media con su sermón largo largo y todos sus avisos parroquiales. Luego caminábamos todos para la casa, sabiendo que estaríamos como por dos horas picándonos los ojos sin hacer ruido para no despertar a mi abuelo que dormía por la mañana después de pasar la noche en vela en la Adoración Nocturna al Santísimo en Catedral. En la cocina mi mamá y mi abuelita hacían de comer, el sempiterno caldo de pollo y arroz, mi tía Malena hacía el agua de limón con vino tinto, y todos los demás estábamos en el patio, cerca de la pileta o en el corredor, platicando y leyendo el periódico. Como a eso de las dos nos sentábamos a comer, por jerarquías, niños y hombres primero. Niños en una mesa improvisada con burros de metal y una tabla con mantel, adultos en el comedor, con mi abuelo a la cabeza. A él se le servía primero, su pierna y su huacal, su salsa de chile rojo molcajeteada, su tazota de agua de limón. A los hombres siempre les tocaban las piernas del pollo y sólo a mi abuelo y a mi papá les tocaban las patitas también, por puro gusto, y por mera jerarquía. Mi mamá y mi abuelita compartían la pechuga, mis otras tías los muslos, a los niños siempre nos tocaban las alas. Las menudencias también se repartían: hombres las mollejas, mujeres el hígado, y por alguna razón a mí siempre me dejaron comerme el corazón, corazoncito de pollo... Después de la comida nos íbamos a jugar los primos, en ese entonces apenas éramos cinco, hoy somos ya trece. Los demás se salían al corredor a platicar. Luego el camino de regreso a casa, preparar el uniforme para el lunes, y matar el tiempo viendo Siempre en Domingo, aguantar el estupor, y cierto aire de melancolía que me entraba irremediablemente el domingo por la tardenoche, desde niña. Luego mi abuelo murió y ya no había excusa para hacer caldo de pollo para su desvelada. Los nietos crecimos y ya no queríamos ir a pasar todo el día con tanta familia, poníamos como excusa las tareas de la secundaria y cosas así. Nos hartamos del padre Polo y nosotros empezamos a ir a San Pedro y San Pablo.
Nos mudamos al DF después, fueron domingos bonitos. Nomás nosotros cuatro, ir a misa a San Judas Tadeo, al tianguis de Calzada del Hueso, ir a pasear por ahí, cuando vivíamos en Coapa. Al año siguiente nos cambiamos a Picacho, teníamos la iglesia enfrente, con el padre Guillermo, el mejor cura con el que me he topado en toda mi vida, y empezamos a comer fuera, más paseos. Después me quedé yo sola y cuando no iba a misa con la familia de Sonia y Jose, para paliar mi soledad iba a la iglesia de La Navidad en Cuajimalpa, pura necesidad de seguir la costumbre. Odiaba los domingos en la tarde con todas mis fuerzas, Jose y yo poníamos el disco de The Offspring cuando él me llevaba a casa, inútil esfuerzo para fingir que todo estaba bien, que no dolía despedirse. Finalmente renegué de la iglesia, empecé a pasar los fines de semana estudiando con Fer en la biblioteca México, o a veces me iba a Coapa a pasar el fin con Sonia y Gaby, pero mis domingos nunca volvieron a ser iguales, pesaban mucho en el corazón. No fue sino hasta que conocí a P que me sentí de nuevo a gusto con los domingos, P era mi familia, estar con P era maravilloso, everything in its right place, pero también esa época terminó. Finalmente aprendí a estar sola, aprendí a apreciar el silencio dominical, y luego el centro histórico limpio y vacío los domingos por la mañana, mis clases y los recorridos en el museo, el camino por Eje Central en el trolebús.
Los domingos aquí son como cualquier otro día, no hay mucha diferencia con un lunes o un viernes. No hay horarios ni rutinas que lo hagan un día especial. Eso también me gusta. Ayer no pude hablar con mis padres, así que lo hice hoy. Con papá hablo de mis planes, del dinero, del yacimiento en Cantarell, de si estamos cumpliendo el compromiso de hacer ejercicio. Con mamá hablo de comida, de su escuela y sus niños, y de todas las novedades de la familia. Muchas novedades esta vez, muchas cosas bonitas, un pedazo de mundo en paz. Me cuenta y puedo imaginarlo todo. Me cuenta y extraño mucho. Me cuenta y puedo verlos, y aunque lejos, siento que estoy ahí.

Feliz domingo :)



*

PD que no viene al caso con esta entrada pero que se me había pasado comentar por andar pendejeando en el facebook (donde sí lo anuncié) durante las vacaciones: ya está en línea el número 22 de HermanoCerdo, el que tienen que leer porque está más-que-recomendable, como siempre, y porque incluye una traducción del japonés de un cuento de Kenji Miyasawa, La oficina gatuna, más una breve pero completa semblanza del autor, cortesía del buen Isami-san :) léanlo, digan que está muy bueno, y cuéntenme si les gustó el final, que yo todavía le doy vueltas :)

miércoles, enero 21

...

"Deseé regresar a mis siete años, a aquella edad ajena a la malicia y los desahogos, en que ni sabía lo que era el sexo, ni me importaba, a aquel estado de feliz ignorancia que ya nunca podré recuperar. Cuatro cosas que la edad me trajo y de las que habría podido prescindir tranquilamente: amor, curiosidad, pecas y dudas. Y esta frase, para colmo, ni siquiera es mía. Es de Dorothy Parker".

-Lucía Etxebarría, "Amor, curiosidad, prozac y dudas".


una cita que me gustó, de un libro del que pude pasar, pero quedé ahí, enganchada, me lo chuté en dos pedazos de tarde de domingo y lunes. Me lo encontré por mera casualidad y ni hubiese reparado en él si no es porque recordé que ya me habían recomendado a la autora muchas veces, y lo hojeé, por no dejar. El primer párrafo me gustó al mismo tiempo en que me cayó bastante mal: la vulgar indiferencia de la descripción, la desfachatez con el que se narraba la escena, la predescible irreverencia del estilo; pero en el fondo me sentí identificada con la decepción y el vacío de la protagonista. Un libro totalmente noventero, tan passé, tan lleno de clichés. Y sin embargo ahí estaba yo, lee y lee. Creo que buscaba respuestas, pero en el libro equivocado :) y pues lo leí y me entretuvo y fuera de toda esta idea casi desesperada por redimir a estas tres mujeres como hijas de Lilith y no de Eva, el final me gustó porque las hermanas se encuentren y se llevan bien. Pero pues para eso, leer a Louise May Alcott resulta siempre más efectivo :)

sábado, enero 17

cositas

tengo tres libros empezados que quiero terminar, otros dos libros que revisar para mis clases de la próxima semana, una renovación de beca que organizar, dos cartas de motivos por escribir, un paper que mejorar y una investigación por definir... pero mi hermano me mandó el link a esta página que ya me dejó picadísima y se las paso para que igual se emocionen:

El Castellano - La página del idioma español, y además este artículo con una hipótesis muy interesante sobre el origen de las lenguas romances, el cual no tiene nada qué ver con el latín. Ah, y si se animan, se pueden suscribir al boletín de La palabra del día, pa enterarse de historias simpaticonas sobre el origen de las palabras, una por día.

La otra es una canción que me gusta mucho de Grateful Dead, de su disco American Beauty: Box of Rain, justo ahorita que hace un sol impresionante y yo ando con unas ganas de lluvia y a la vez de tener buenos pensamientos.



Y pues ahora sí, que tengan bonitos días, y que todo lo que hagan les salga bien.

miércoles, enero 14

de vuelta

Día dos en mi pueblito en medio de la nada, en el que nunca pasa nada. Pero es que si en tres semanas no cambié yo, ¿cómo espero que cambie esta mancha urbana tan dispersa?
Recién me enteré que ésta es una de las ciudades most bike-friendly del país. Y yo sin una bicicleta. Las dos únicas pseudo-resoluciones de año nuevo se las dije todavía el año pasado a R una noche que volvíamos del cine: hacerme de una bicicleta y hacer el examen de manejo para sacar la licencia. Ha sido una de las contadísimas ocasiones en que le saqué a R una carcajada. No creo en los propósitos de año nuevo, es como una superstición de que una vez que lo dices es porque no los vas a cumplir. La cosa es que no tengo dinero para comprar una bici, al menos no como la quiero: una de ésas medio retro (no recuerdo el nombre del modelo), color rojo quemado metálico, de ésas de niña para cuando uso falda, y con una canasta al frente; la más barata que encontré costaba USD$14o, más el cambio de pintura; ni tengo dinero para pagar lecciones de manejo para practicar, y mi orgullo es demasiado para pedirle a alguien que me lleve a dar de vueltas por ahí en su auto. En resumen: EXCUSAS. La verdad es que me he colgado la etiqueta de estar imposibilitada para manejar cualquier vehículo que tenga ruedas. Tengo dos piernas y un pase para el autobús, con eso me basta. No necesito de un auto para demostrar progreso o que soy una mujer emancipada. Y sí, también, me da pánico.
Ayer fui al súper. En la parada del bús estaba una señora simpatiquísima, viejita viejitita, pero con una sonrisa y una mirada tiernísimas, increíblemente amable. Llegó el autobús y todos en el parabús nos pusimos de pie, la señora estaba al principio de la fila pero tardó en pararse, y me hizo señas para que pasáramos nosotros primero, yo estaba detrás de ella y le ofrecí mi brazo como palanca y le dije que pasara primero. Ella me dio las gracias y dijo "sure, sweetie, age comes before beauty". Todos en la fila nos reímos. A lado de ella se sentó una mujer joven con su hijita de unos cuatro años. La señora saludó a la niña, y ésta se puso a enseñarle las fotos de la cartera de su mamá; empezaron a hablar en español. La voz de esa mujer me fascinó, una voz de una anciana que había vivido todo y estaba en paz consigo misma. A lado de ella iba otra mujer, vestida de enfermera y con la cara con muestras de desvelo y cansancio. Ella también entendía español y empezaron a hablar según la niña le mostraba fotos a la señora. La señora empezó a contar de cuánto extrañaba ir a un baile "ahora ya no hacen tardeadas", dijo. Se bajó y todos nos despedimos de ella. Ella nos dejó bendiciones y sonrisas. Todavía pienso en ella y me deja una sensación como de bienestar. No sé cómo hay personas que pueden transmitir cosas tan bonitas con su sencillez y amabilidad.
Como era un martes en la tarde hice mi súper tranquilamente. Generalmente voy los fines de semana y con el tiempo contado, pues sólo tengo 50 minutos para hacer las compras y regresar al parabús a esperar mi camión de regreso a casa. Pero entre semana el bus pasa cada 15 mins y aún no era día de escuela, así que no me iba a tocar un camión lleno. Me puse a cazar rebajas en el pasillo de ofertas, y mientras checaba la información nutricional del jamón enlatado SPAM un hombre se paró enfrente de mí y comenzó a hablar de las maravillas del supuesto alimento. Nada cambia en este pueblo sureño, pensé. No importa lo que hagas, ni que traigas los audífonos puestos, siempre alguien cerca de ti se pondrá a sacarte plática de lo que sea. Me contó después que recién descubrió que SPAM tiene un auto que corre en la serie NASCAR y cosas así. Luego me contó otra historia de cuando conoció a su mujer en una gasolinera y de cómo ahí se habían robado unas latas de SPAM. Me reí y él siguió hablando de cómo su mujer lo abandonó después de más de 20 años de matrimonio; en eso a él se le cayeron unas tarjetas de presentación que traía en su cartera entre las que estaba buscando algo. Se disculpó diciendo "esto siempre me pasa cuando platico con una mujer bonita". Yo me volteé indecisa entre llevar la crema de cacahuate con o sin trozos. Él continúo: "es en serio, todas las mujeres son bonitas, pero tú además tienes un rostro muy dulce". La verdad es que era un tipo bonachón, y su plática parecía no combinar con su apariencia: un pendiente algo barroco colgando de su oreja izquierda y los brazos con tatuajes en partes algo verdosos, evidencia de que se los había hecho ya hace mucho tiempo sin haberlos retocado. Se movió enfrente de mí y eso me puso alerta, pero en el fondo lo sentí como alguien benigno. Me dijo "no llevas anillo de casada y eso sí es difícil de creer, aunque eres muy joven todavía"; yo me reí, porque nunca me habían dicho tan así que estaba en edad de merecer, y por lo curioso de la situación, de algo como ligue de súpermercado con un señor cuyo hijo mayor tenía más de 35 años, y considerando esta fijación mía por los minisúpers y tienditas de conveniencia en donde me gustaría casarme (referencia directa a la película That thing called love). Me dijo más cosas y me di cuenta que era un hombre que se sentía solo, pero después de unos minutos le dije que tenía que irme. Nos volvimos a topar en otro pasillo, me dijo que había sido amable en escucharlo. Traía en las manos una dona escarchada y me pidió que antes de que me fuera fuese a la pastelería y tomara una también, que eran muy ricas y que el dulce me haría sentir bien. Me hizo prometerle que lo haría. Terminé de hacer mis compras y pasé por la pastelería por una dona, porque creo que las leyes se hicieron para romperse, pero las promesas se hicieron para cumplirse, definitivamente. De vuelta a casa me sentí un poco como Blanche DuBois, por aquello de "siempre confíe en la bondad de los desconocidos".
He pasado la mitad del tiempo cocinando. La lista de pendientes crece; tacho las tareas realizadas y apunto otras más, y aún así me he puesto a cocinar. Terapia ocupacional, tratando de rescatar el gusto de hacer comida sólo para mí. Algo así. He decidido cambiar el status-quo de muchas cosas que me molestan, para que dejen de incomodarme. Cocinar es un primer paso en este experimento y ha funcionado.
Volví a clases hoy y traía el ánimo enflaquecido. Todo indica que debo tomar este curso de estadística bayesiana y me asusta, me genera sentimientos encontrados. Por un lado creo que es un buen reto y que aunque duela y le sufra, me va a servir a futuro...; por el otro lado me intimida el hecho de voltear a mi alrededor y ver gente tremendamente buena y con mentes tan brillantes con gran capacidad de abstracción. Al menos aún está W por aquí, aunque sea por unos meses más tomando la clase de oyente, que entiende lo que pasa, y de paso se ríe de mí y eso de alguna manera aliviana las cosas, porque me hace reír de mis quejas. Me siento el prietito en el arroz, tal cual; yo veo alphas y thetas y funciones de distribución y si no les encuentro un ejemplo concreto, aterrizado, intuitivo y en lenguaje llano, no puedo lidiar con ello, lo sufro tanto. Hacen falta tantos Diéguez en el mundo, matemáticos maravillosos que sepan explicar el cálculo integral y diferencial haciendo referencia a Platón y Aristóteles, y explicando todo con gansitos, tamales y vasos de leche...
Así las cosas, pese a todo, siento que esto va bien. En octubre del año pasado comencé a agarrarle gusto a este lugar. Hace dos días, por primera vez, sentí que estaba volviendo a casa.

martes, enero 13

Réquiem

Decidí dejarte ir, Amor, aún a costa de mí misma.
Ya no era nuestro tiempo, Amor, tú querías irte.
No te pude retener.

Coqueteaste de nuevo conmigo, Amor, y jugamos un rato,
a no caer, a endulzarnos los últimos días,
a engañarnos a que no habría mañana que importara, sólo hoy.
Pero caímos, Amor, contigo no se juega.
Nos doliste, nos separaste.
Tú nos tenías otros planes.

Te sufrí calladamente, Amor, y con mansedumbre estaba determinada a esperar a que aparecieras de nuevo en mi vida.
Pero me hacías tanta falta, Amor, y me quedé sin paciencia.
Entonces me cansé y me recordaste, duramente, Amor,
que dueles, y dueles mucho, en las palabras que se dicen, y en las que no.

Me hiciste llorar por última vez la noche de un viernes.
Y un día de pronto creí reconocerte, otra vez,
en una sonrisa que no he visto, en un abrazo que aún no me das.

Quiero esperarte, pero no eres claro, Amor:
nunca llegas del todo, pero nunca del todo te vas.



(Junio, 2008)

domingo, enero 11

exceso de equipaje

¿cuántas caras puede tener uno? ¿en cuántos pedacitos nos partimos? ¿cuántos Místers Hyde nos atormentan, de noche, de día, a diferentes horas? ¿cómo es posible ir de un lugar a otro en tanto vuelco del corazón? ¿ser tanto, ser nada, tener todas estas caras y ser siempre la misma?

jueves, enero 1

a green room of her own


éste era una vez...
un blog que nació siendo verde y se volvió rojo cereza, sin dejar de ser verde. Verde por dentro, rojo por fuera, como una sandía, pero al revés... o a veces lo contrario, según...