Hace año y medio mi mejor amiga nos envió un mensaje y antes de siquiera leerlo ya sabía lo que nos iba a decir. Era un domingo por la noche y eran esos días en los que apenas empezábamos a mensajearnos con regularidad después de mi regreso a México y de que mi hermano se hartara de mí y me regalara su viejo iphone para que empezara a usar whatsapp y me dejara de los mensajes de texto. Ya sabía que S nos iba a decir que estaba embarazada pues en nuestro último encuentro me había dicho que estaban intentándolo, pero igual me quedé helada aún sin haber leído siquiera su mensaje. Por cinco minutos me quedé ahí en la sala a oscuras dejando que mis pensamientos se precipitaran: de pronto parecía que ella tenía la vida perfecta (casa, trabajo, marido, y ahora un bebé), cuando yo estaba sin casa, desempleada sin prospectos de trabajo, lejos de mi esposo y por tanto sin posibilidades de tener un bebé. A poco más de dos años de matrimonio, Will y yo sólo habíamos pasado un año juntos antes de tener que mudarme a otro estado y luego regresar a México. Pero fue un pensamiento al final el más aterrador: todas las mujeres a mi alrededor podrían embarazarse y parir hasta llenar el mundo, pero el que mi mejor amiga estuviese a meses de tener una bebé significaba para mí el fin definitivo de una era, una era en la que nosotras ya no seríamos las protagonistas, en la que nuestras tonterías y problemas no serían las prioridades, en donde yo ya no sería "la peque" del grupo. Fueron tres minutos de total egoísmo, y de inmediato siguieron dos minutos en donde me cayó el veinte de que esto no se trababa de mí. Eran pasadas las nueve de la noche así que para G en Europa las noticias le llegaron mientras dormía. Yo decidí marcarle a S en lugar de contestar por mensaje. Hablamos por teléfono por casi media hora y hablamos de todos los detalles de su embarazo y su bebé. Hablamos de ella y de su familia y de su emoción. Meses después su hija nació la noche en que yo regresaba de un viaje de trabajo que pude hacer con Will para vernos después de ocho meses de vivir lejos. Fui a visitarla al hospital al día siguiente y supe que tenía razón en el sentido de que las prioridades habían cambiado. Pero también entendí que estos cambios entran a nuestras vidas de forma repentina pero también natural. Nuestras conversaciones han cambiado pero como siempre nuestra esencia permanece.
Ahora que yo espero a mi bebé (porque las cosas pasan cuando tienen que pasar, porque Dios nos da lo que necesitamos cuando lo necesitamos , no lo que queremos cuando lo queremos), un pensamiento constante es el cómo todo esto está cambiando mi vida y me está llevando a tantísimos reajustes. Pero no en el sentido lleno de clichés que todos las madres y padres repiten constantemente. Soy cursi pero no tanto. Esta etapa de preparación me recuerda tanto a mi matrimonio con Will: una aventura llena de aterradores cambios y nuevos retos que complican más la vida, pero a la vez la hacen más interesante. Así que ahí vamos.
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viernes, marzo 6
jueves, abril 10
viento
Esta mañana estaba nublado afuera y había poca gente en las calles, hasta encontré lugar sin problema en el autobús y el ambiente casi se sentía de domingo; de esos domingos cuando uno se levanta temprano y empieza a hacer cosas cuando casi todo mundo sigue dormido.
Horas después ha salido el sol y vuelvo a escuchar los ruidos cotidianos de los partidos de fútbol, del trinar de los pájaros, de la gente que se reúne a platicar en el pasto de acá abajo.
Llevo más de una hora observando todo por la ventana, escuchando música viejita que me recuerda a mis padres, embelesada por el vaivén de las ramas de las jacarandas cargadas de flores, envuelta en una atmósfera cargada de nostalgia. Incapaz de concentrarme en este programa, con los ojos pesados por la falta de sueño, la sensación que me deja una charla a la distancia por el momento llena la necesidad que me dejan estas ganas de salir a caminar en este día soleado y fresco de primavera y sentarnos bajo la jacaranda a tomar el té.
viernes, abril 4
just because I can
A principios de este año abrí un nuevo blog que esperaba fuese un desahogario un poco más constructivo que éste que tengo aquí, que habla (aunque cada vez con menos frecuencia) de cualquier cosa que me venga a la cabeza o al corazón si me da tiempo y un mínimo de elocuencia para compartir. En todos estos años he tenido esta intención de abrir ya tres blogs alternos que nomás no sobreviven, así que supongo que esto quiere decir que lo único que me permanece siempre es un lugar donde queda una miscelánea de ideas, como éste. En fin, lo que quiero decir con todo esto es que en ese blog la idea era escribir para ayudarme a mantener el ánimo positivo en esos días oscuros cuando parecía que no pasaba nada bueno en mi vida. "Una bendición al día" era el título, donde escribiera por lo menos una cosa por la que estaba agradecida a pesar de mis circunstancias. Muchos estudios confirman que las personas agradecidas son más felices. Yo sólo sé que cuando hago una pausa para valorar todas las cosas buenas en mi vida acabo más agradecida y aliviada que cuando me concentro en todo lo malo que a veces las circunstancias temporales traen. En fin. Como dije, ese blog nunca cuajó, en parte porque no sé muy bien porqué pero en todo lo que va del año no he podido ni terminar de leer un libro ni de escribir una serie de ideas concretas (o de escribir un email largo de esos que escribía antes), y mis ideas se quedan ahí en mi cabecita, o en una de esas conversaciones largas que de pronto tengo. Lo que sí es que hay tres cosas por las que siempre siempre siempre estuve agradecida y que me mantuvieron con cordura en los últimos seis meses de mi vida, y de lo que podría hablar y escribir por horas: el apoyo de mi familia, mi matrimonio con Will, y correr. Correr es quizá lo menos personal de esta lista. Quizá no. Pero mi entusiasmo de anoche me lleva a escribir de eso hoy.
Anoche decidí salirme temprano del trabajo a pesar de haber llegado tarde nuevamente, pero decidí que ya era tiempo para volver a correr. En febrero me lastimé la rodilla izquierda y por una alta dosis de ignorancia y desidia seguí corriendo por días hasta que la rodilla estaba evidentemente inflamada y mi doctora de cabecera me dijo que si quería seguir corriendo tenía que dejar de correr por seis semanas hasta que se recuperara esa rodilla. Seis semanas después, aquí estoy.
Creo que por aquí ya había dicho que decidí darle una oportunidad a correr cuando en enero de 2012 mi sobrepeso estaba en el límite de calificar como obesidad, de acuerdo a mi IMC. Después de perder un par de kilos y haber tenido cierta rutina yendo al gimnasio a darle a la elípitica, recordé a todos mis amigos que estaban corriendo y que se mantenían en excelente forma gracias a correr. Por esas fechas leí "What I talk about when I talk about running", de Haruki Murakami, más por los consejos que da sobre escribir que necesariamente sobre correr, y eso me convenció de intentarlo. La idea de poder hacer algo por mí misma, sin reglas y sin tener que necesariamente ir a algún lugar en especial o a cierta hora me convenció. Encontré un plan para empezar caminando e ir corriendo poco a poco y a principios de mayo de ese año lo empecé. Un mes después ya era capaz de correr por ocho minutos sin parar y entonces en una plática con mi amiga PV le confesé, como si fuese un secreto vergonzoso, que estaba intentando correr. En uno de esos muchos encuentros que suceden con una persona que poco a poco se va haciendo una gran amiga, PV me respondió, como en muchas otras ocasiones, "¡yo también!" y fue así que nos hicimos compañeras en esa aventura de tener treinta años, nunca haber practicado deporte o actividad física en la vida, y responder al llamado del cuerpo que te pide que lo muevas, que lo utilices. Porque justamente fue eso lo que me motivó a intentar hacer algo, más allá de las metas difusas de bajar de peso o perder talla, la necesidad de mi cuerpo de experimentar movimiento era un llamado que ya no podía acallar.
Correr en Tucson durante el verano implica tener que levantarse muy temprano para ganarle al sol, y para poder correr en el campus de la universidad sin tener que lidiar con las hordas de estudiantes que cruzan por todos lados para llegar a clases. PV y yo nos encontrábamos en la entrada de Park & University, caminábamos por 15 minutos, corríamos por 8-10 y caminábamos otros 10 minutos más. Ésa fue nuestra rutina por más de dos meses, hasta que tuve que mudarme a San Diego. Ahí tuve la fortuna de vivir cerca de Balboa Park, que fue la mayor fuente de inspiración para decidir seguir corriendo a pesar de no tener el apoyo y la compañía de PV. El parque está lleno de corredores, de todos niveles y de todas las formas. Fuera de sentirme intimidada por los atletas y los súper cuerpos, los veía como instructores, tratando de imitar su postura, su ritmo, su respiración, y como inspiración: "quizá algún día yo voy a poder correr así". Empecé caminando de la casa al parque, 15 minutos, y luego en el parque una mezcla de trote y caminata en el circuito de milla y media, más los 15 minutos caminando de regreso. Me gustaba llegar temprano de trabajar, como a las 5pm, para evitar el tráfico y encontrar luz de día para cambiarme, ir a correr, regresar a bañarme y cenar. Era la rutina perfecta. Pero después el horario cambió y estaba oscuro a las seis de la tarde, por lo que volví a correr en la mañana. Entre una serie de presentaciones y viajes entre febrero y abril de 2013, poco a poco dejé de correr, pero para entonces ya podía echarme el circuito de milla y media del parque en dos partes, y la mitad del camino de mi casa al parque.
Ese verano regresé a Tucson, pero en medio del final de la tesis, la defensa, las tres mudanzas que nos aventamos en cuatro meses, y todo lo demás, correr dejó de ser una prioridad. Sólo en tres ocasiones salimos a correr, y tuvimos que parar ante una temporada de monsones más larga y activa de lo esperado por vivir cerca de las montañas y a la presencia de linces en la zona en la que estuvimos viviendo esos días.
Volví a Tampico en septiembre, en medio de un montón de circunstancias que no necesariamente elegí, y con proyectos que no cuajaron al principio. Coincidió que mi padre estaba de vacaciones y que a pesar de que su vida sedentaria es imposición de su trabajo, él es una persona muy activa. Andrés me despertaba a las siete de la mañana y mientras él tomaba café yo me cambiaba. Esas dos semanas íbamos a caminar al campo de beisbol y poco a poco volví a sentir el gusanito por correr. Mi mamá toma una clase en la universidad por las mañanas y empecé a ir con ella para caminar/trotar en el campus. Así descubrí la pista de atletismo, en donde me curtí hasta poder correr dos kilómetros sin parar, luego tres, luego cuatro parando varias veces para tomar el aire. Y un día hice el circuito alrededor del campus: una vuelta completa son 2.5kms, pausa para respirar, y una vuelta más. El día que pude hacer el recorrido sin parar me apunté a mi primera carrera 5K. Tampico fue mi campo de entrenamiento. Corrí en la pista de la universidad y luego en el campus; corrí a lo largo de la zona militar, a pesar de que odio ver a las fuerzas armadas en todos lados, pero tenían una muy buena banqueta sin interrupciones, era bueno para entrenar subidas; y corrí en el campo de beisbol, un buen entrenamiento para trail running. Corrí con sol, viento (unos nortes riquísimos) y lluvia. Descubrí que el mejor clima para mí es cuando hay mal tiempo. Mi segunda y última carrera fue un evento nocturno en la playa. Y justo cuando me sentí en buena forma para ir por más, me lastimé. Pero de ahí también aprendí una buena lección, y me hizo darme cuenta de lo mucho que me gusta correr, a pesar de que no siempre sea algo fácil.
Nunca he corrido más de cuatro días a la semana y lo más que he corrido sin parar son seis kilómetros. Mi promedio semanal son 15K. Soy una corredora en ciernes, y así como me pasa en la academia con este horrible impostor syndrome, prefiero considerarme una persona que corre para mantenerse activa, antes de llamarme corredora. Tampoco quiero ser una de esas personas que una vez que empiezan a correr se agarran queriendo evangelizar a todo mundo con las bondades de correr y que se piensan mejores personas porque ellos sí se dan el tiempo para ejercitarse. Esa gente me cae mal, así como me cae mal la gente que sólo porque hacen algo piensan que todos los demás deben hacerlo. Sé que correr no es para todo el mundo, y a mí esto es lo que me funcionó. Correr no me hace una mejor persona, pero me ayuda a formar una mejor versión de mí misma.
Correr me ayudó a tener un propósito cuando todo las metas que yo tenía en mi mente y en mi corazón no eran factibles en ese momento. Correr me dio la fortaleza para enfrentar las inseguridades de ver a todo mundo llevando la vida perfecta cuando la mía era una gran incógnita. Correr me dio la sensación de que al menos algo yo podía controlar cuando había muchísimas cosas totalmente fuera de mi control. Correr dejó exhausto mi cuerpo de una forma mucho más satisfactoria que la exhaustividad de todas mis frustraciones. Correr me mantiene en comunicación con el resto de mi cuerpo; cuando no lo hago, algo malo pasa. Correr me recuerda que siempre puedo hacer algo más, y que con perseverancia y paciencia puedo pasar mis límites. Suena bastante a cliché, ¿no? Pero es que así nos pasa a algunas personas. Yo no sé si un día vaya a poder correr un maratón, pero mi meta para este año (si todo sale bien y no tengo más lesiones) es poder correr 10 kilómetros al hilo, aún cuando aún no pueda competir.
Así que anoche llegué y sin titubear me cambié de inmediato. Ése es el primer paso, porque como dice Murakami, tengo más razones para no salir a correr que para hacerlo, así que me preparo para salir a correr sin pensarlo mucho y ya una vez vestida, ya llevo algo de ventaja. Era mi primera vez corriendo en la ciudad de México, así que Will me advirtió de tener cuidado de no exigirme mucho por ser la primera vez de correr en esta altitud. Hice mi calentamiento dinámico en casa. A mí me gusta correr con ropa de compresión porque es mucho más cómoda, pero eso no esconde ninguna imperfección y soy demasiado consciente de ello, por lo que prefiero que si voy vestida así en público sea estando en movimiento, así nadie te pone atención. Salí a correr por uno de los camellones menores pero estaba tan entusiasmada que corrí más rápido de lo que planeaba y a los siete minutos tuve que parar a tomar aire. De ahí me pasé al camellón de la avenida mayor, y cuál fue mi sorpresa al darme cuenta que no era un camino de arcilla sino de grava, y eso da una sensación casi como de correr sobre arena, lo que me hizo correr más despacio aún y me cansó más rápido. Al final, entre torear coches, esperar semáforos y tomar aire, acabé parándome como en seis ocasiones; eso me frustró un poco. Pero me sorprendió que logré terminar 4.5km en 30 mins y mantener mi ritmo anterior. Me falta trabajar mucho en mi respiración, pero es algo en lo que puedo concentrarme poco a poco.
En fin. Considero que poder correr para mí es un logro enorme y real, porque a diferencia de muchas otras cosas que hago o he hecho en mi vida, correr es algo que nunca pensé que haría ni que fuera para mí y que me pide mucha más perseverancia y disciplina que presentar en público o terminar mi tesis, cosas que de una forma u otra estoy obligada o preparada mentalmente a hacer, no importa cuánto pueda detestarlo. Correr es algo que nadie me obliga a hacer, pero que me siento llamada a hacer y que pide de casi todas mis capacidades y eso me hace sentirme muy viva. Y al final de cuentas, por eso lo sigo haciendo. Nada más porque sí. Porque sé que puedo. Así que ¿por qué no?
martes, septiembre 17
lluvia
Mis padres viven una zona baja de la ciudad, muy cerca del sistema lagunero, así que en época de lluvias el agua fácilmente sube al nivel de la banqueta y en ocasiones hasta la cochera. Eso sin contar el impactante espectáculo de las corrientes de agua que van y vienen en el crucero de la esquina. Cuando se mudaron a este lugar hace unos cuantos años, el puente peatonal que se encuentra en dicho crucero fue una de las vistas más surrealistas que he presenciado. Todos creímos que se trataba de uno de esos gastos estúpidos del gobierno para demostrar que hace algún tipo de obra pública, por ridículo que parezca. Semanas después, cuando ocurrió la primera lluvia torrencial, mi madre me llamó para compartirme la razón de ser de dicho puente: es tal la fuerza de las corrientes de agua, y la altura que alcanzan, que no hay otra forma de cruzar la calle sin correr el riesgo de que lo lleve la corriente a uno, más cuando esa calle la cruzan cientos de niños que van hacia al kínder o a la escuela primaria que se encuentran justo pasando esa cuadra.
Esta mañana desperté con la desidia de quien reconoce el ruido de la lluvia al caer y se arropa de nuevo en la cama con la esperanza de volver al sueño y a los sueños que nos acompañaron por la noche y que nos llevaron a un viaje de recuerdos e historias del pasado. Me levanté, desayuné, me hice cargo de la cocina y vencí la desidia para lavar la cafetera y hacer café sólo para mí, aunque fuese ya cerca del mediodía. Evité la música para poder disfrutar de la melodía de la lluvia al caer, uno de mis clichés favoritos, sobre todo porque en los últimos años la única lluvia que me tocó fue en la temporada de monzones; lluvia que sólo cae por una hora o dos, inconsistente, a menos que sea una tormenta eléctrica, de esas bellas, pero que igual, duran muy poco.
Mi egoísmo me hace sentir feliz de ver tanta lluvia, pero poco a poco deja pasar la preocupación por todos aquellos que viven en las partes de verdad más bajas y que seguramente ya tienen sus viviendas inundadas. Y esto es sólo aquí, en la tierra donde los huracanes ya no llegan gracias a las bases ovnis (de acuerdo al vox populi), y donde las tormentas tropicales cuando tocan tierra no producen lluvias sino hasta dos días después (lo más chistoso que me ha tocado hasta ahora, a diez días de mi regreso: la señorita del clima, que Will no entiende porqué visten como escort, comunicando que a pesar de un 90% de probabilidades de lluvia no hay forma de explicar porqué aún no llueve...). Pero muchos más han sido afectados en otras zonas del estado y del país. Es difícil continuar maravillándose con esta lluvia que tantos estragos ocasiona. Y, sin embargo, son tan poquitas las cosas que estos días logran levantarme el ánimo, que sólo me queda aferrarme a lo que poco que puedo, que si lo piensa uno bien, igual y no es tan poco.
En fin. Sean felices. Tengan días buenos.
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lunes, abril 8
reminiscencias de saudade
Estaba pensando en las tribulaciones del día, de la semana, de los meses por venir... dando vueltas a lo doloroso que me resulta vivir tan lejos de la gente a la que amo, dándome de topes para organizar todo el trabajo que se está acumulando en las listas de cosas por hacer que no termino, esperando respuestas, esperando siempre... y sintiéndome envuelta en la atmósfera de antes, con la computadora, la habitación a oscuras y sólo la tenue iluminación de la lámpara de mesa (¡con base en forma de jirafa!), he vuelto a encontrarme con Pessoa y algunas de sus letras que me gustan tanto. Aquí el souvenir de hace cuatro años.
jueves, enero 17
Gratis
Es el título de la canción que me hizo cantar otra vez, después de no canturrear por un buen rato así de forma espontánea como me sale y como me gusta (sip, soy de esas personas que canturrean en la regadera y cuando oyen una canción mientras trabajan y que si no les diera tanta pena cantaría también mientras camino).
Hacía muchísimo que no escuchaba a Babasónicos y hoy a falta de inspiración auditiva (a veces no hallo el right mood para coordinar música y actividades) los elegí casi al azar. Esa canción, Gratis, no sé porqué me gusta tanto pero hasta me da cierta paz; algo parecido a lo que siento con Yoshimi battles the pink robots, de The Flaming Lips (aunque ésa es un poquito más melancolicona).
Ayer me topé con un escrito ajeno súper pusilánime de hace varios años y lo que más me aterró es verme reflejada en ciertos pensamientos de auto conmiseración. Oh, pero yo no me voy a dejar caer de esa manera. En el mismo día también vi una plática de TED y leí un capítulo de mi novela en donde, en situaciones totalmente distintas, se hablaba de la esperanza con la fuerza más grande que nos mantiene vivos en las peores circunstancias. Yo a veces siento que pierdo casi toda esperanza, pero tengo la gran bendición de creer en un Dios que me ama y es mi fuente de esperanza y de fe, quien me rodea de gente amorosa que cree en mí cuando yo no veo ni para dónde. Espero que esto de verdad no suene arrogante, porque es todo lo contrario.
Por el momento sólo tengo un plan de trabajo que espero lograr, un par de puertas como que parecen querer abrirse pero sin garantía de nada (y es increíble el poder reparador que tiene el saber que existe por lo menos una remota posibilidad), y la determinación de terminar y empezar ciclos. Eso me hace sentir bien.
Después de un mes maravilloso a lado de mi marido y dos semanas con casa llena y yendo de un lugar a otro, estoy de vuelta a la que ha sido mi rutina en los últimos meses, acompañada de mis recuerdos, mis plantitas, una lista de pendientes por hacer y un montón de amor que me llega a pesar de la distancia. Y no me puedo quejar :)
Sean felices. Tengan días buenos.
Hacía muchísimo que no escuchaba a Babasónicos y hoy a falta de inspiración auditiva (a veces no hallo el right mood para coordinar música y actividades) los elegí casi al azar. Esa canción, Gratis, no sé porqué me gusta tanto pero hasta me da cierta paz; algo parecido a lo que siento con Yoshimi battles the pink robots, de The Flaming Lips (aunque ésa es un poquito más melancolicona).
Ayer me topé con un escrito ajeno súper pusilánime de hace varios años y lo que más me aterró es verme reflejada en ciertos pensamientos de auto conmiseración. Oh, pero yo no me voy a dejar caer de esa manera. En el mismo día también vi una plática de TED y leí un capítulo de mi novela en donde, en situaciones totalmente distintas, se hablaba de la esperanza con la fuerza más grande que nos mantiene vivos en las peores circunstancias. Yo a veces siento que pierdo casi toda esperanza, pero tengo la gran bendición de creer en un Dios que me ama y es mi fuente de esperanza y de fe, quien me rodea de gente amorosa que cree en mí cuando yo no veo ni para dónde. Espero que esto de verdad no suene arrogante, porque es todo lo contrario.
Por el momento sólo tengo un plan de trabajo que espero lograr, un par de puertas como que parecen querer abrirse pero sin garantía de nada (y es increíble el poder reparador que tiene el saber que existe por lo menos una remota posibilidad), y la determinación de terminar y empezar ciclos. Eso me hace sentir bien.
Después de un mes maravilloso a lado de mi marido y dos semanas con casa llena y yendo de un lugar a otro, estoy de vuelta a la que ha sido mi rutina en los últimos meses, acompañada de mis recuerdos, mis plantitas, una lista de pendientes por hacer y un montón de amor que me llega a pesar de la distancia. Y no me puedo quejar :)
Sean felices. Tengan días buenos.
jueves, septiembre 20
de vuelta una vez más
Empecé este blog hace cinco años a meses de empezar una serie de mudanzas, así que coincide graciosamente que hoy regrese en una nueva ubicación. No nos movimos mucho, pero del desierto al mar hay mucha diferencia. Quisiera decir que de alguna manera regreso a los orígenes, pero el Pacífico es muy diferente del Golfo. Así que lo mejor es aceptar que estamos en un lugar nuevo, y tomarlo como viene. Lo cual es un poco difícil porque, con poquísimas excepciones, cuando empiezo algo nuevo tiendo a buscar las similitudes con cualquier elemento del pasado que pueda sacar de la memoria. Es lo que me hace "ver" en todos lados a personas que obviamente no viven aquí, y es lo que me hace comparar a San Diego con Tampico (no hay punto de comparación, a menos que uno considere el mar, y de ahí me puedo aventar una perorata de cómo no son lo mismo), o a San Diego con Río de Janeiro, por aquello del mar y el montón de colinas, pero Río es mucho más verde, mucho más bonito y no tiene el laberinto infinito de carreteras que afean tanto a California. Porque eso me vuelve loca. A pesar de haber conseguido un lugar para vivir en un vecindario muy mono, las carreteras lo rodean todo, que es difícil saber cuándo empieza y termina una ciudad, y me exprime el corazón y hace que el cortisol se desestabilice cada vez que usamos el coche. Lo detesto. Sólo por esa razón no me gustaría vivir en California. Fuera de eso, no tendría ningún problema. A menos que tuviese que ser en el desierto (Indio, Riverside, Victorville), porque eso sí, para desiertos, el de Arizona. Ah, ¡cómo voy a extrañar Tucson!
Voy a comenzar mi historia con la moraleja: reniega lo que quieras, pero siempre intenta algo que te saque de tu zona de comfort. Mi historia, en realidad, ya se la saben: yo no quería ir a Arizona, pero era el único lugar que me ofreció una beca. Me pasé casi dos años renegando de mi suerte, y no fue sino hasta que empecé a hacer caminatas en el desierto que descubrí la maravilla de vivir en él. A cinco años de haberme mudado a Tucson, y a una semana de haberme mudado a California, no exagero cuando digo que mi corazón se ha quedado en Tucson. En esos cinco años de vivir en el desierto (y no meramente el hecho de vivir en el desierto, pues; obviamente fue el montón de eventos y circunstancias que acabaron aconteciendo a raíz de mi estancia, pero el punto es que para mí vivir en el desierto significa ahora vivir bajo condiciones que originalmente no consideré óptimas) me enseñó a ser humilde y a encontrar la belleza en lugares insospechados. Aprendí a vivir en soledad, pero también me dió muy buenos amigos. Uno puede estar acompañado en muchas circunstancias poco convencionales. Hubo un tiempo en que mis únicos amigos fuera de mi familia eran Isami-san y Duende, con quienes hablaba casi todos los días, pero a quienes no he visto en persona en muchos años, creo que gracias a ellos no perdí la fe en las personas. Fue ahí donde también me acerqué de nuevo a Dios, con una fuerza y una fe que nunca antes había experimentado, y con una necesidad tan grande de entregar mi vida para el propósito por el que fui creada. Y fue ahí donde encontré a mi esposo, en el momento adecuado, a pesar de conocernos de tanto tiempo atrás. Tucson es el lugar donde comencé mi propia familia, no sólo porque ahí Will y yo nos casamos y nuestras familias se conocieron la semana de nuestra boda, sino porque ahí también eché raíces en la forma de amigos queridos y cercanos. Esta experiencia también me enseñó que en realidad no quiero ser economista tanto como yo creía, pero eso es algo con lo que debato un día sí y otro no. En todo caso lo que he aprendido es que la vida que quiero es una vida balanceada que deje algo bueno a los demás. Y lo demás sigue siendo un trabajo en progreso.
Todo esto viene del hecho que, después de unos días de luna de miel enamorándonos de San Diego, la realidad de ir a trabajar y re-familiarizarse con la vida en una gran ciudad y tiempos de transportación de casi una hora que implican largas caminatas (caminatas, ¡sí! lo único de lo cual no me quejo en absoluto), etc. me hizo acordarme de una de mis citas citables favoritas: Life sucks no matter what, so don't be fooled by location changes. -Daria Morgendorffer. La cuestión es que ahora ya no juzgo la ciudad por su cubierta, sino por mi apertura a disfrutarla (y a sufrirla, y sobrevivirla, pero, sobre todo, vivirla). Y lo demás es lo de menos.
Seguiremos informando.
Sean felices, tengan días buenos.
domingo, enero 31
one day those expectations are gone...
and surprise, surprise: suddenly it just happens :)
all of a sudden...
all of a sudden...
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