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jueves, septiembre 20

de vuelta una vez más

Empecé este blog hace cinco años a meses de empezar una serie de mudanzas, así que coincide graciosamente que hoy regrese en una nueva ubicación. No nos movimos mucho, pero del desierto al mar hay mucha diferencia. Quisiera decir que de alguna manera regreso a los orígenes, pero el Pacífico es muy diferente del Golfo. Así que lo mejor es aceptar que estamos en un lugar nuevo, y tomarlo como viene. Lo cual es un poco difícil porque, con poquísimas excepciones, cuando empiezo algo nuevo tiendo a buscar las similitudes con cualquier elemento del pasado que pueda sacar de la memoria. Es lo que me hace "ver" en todos lados a personas que obviamente no viven aquí, y es lo que me hace comparar a San Diego con Tampico (no hay punto de comparación, a menos que uno considere el mar, y de ahí me puedo aventar una perorata de cómo no son lo mismo), o a San Diego con Río de Janeiro, por aquello del mar y el montón de colinas, pero Río es mucho más verde, mucho más bonito y no tiene el laberinto infinito de carreteras que afean tanto a California. Porque eso me vuelve loca. A pesar de haber conseguido un lugar para vivir en un vecindario muy mono, las carreteras lo rodean todo, que es difícil saber cuándo empieza y termina una ciudad, y me exprime el corazón y hace que el cortisol se desestabilice cada vez que usamos el coche. Lo detesto. Sólo por esa razón no me gustaría vivir en California. Fuera de eso, no tendría ningún problema. A menos que tuviese que ser en el desierto (Indio, Riverside, Victorville), porque eso sí, para desiertos, el de Arizona. Ah, ¡cómo voy a extrañar Tucson!

Voy a comenzar mi historia con la moraleja: reniega lo que quieras, pero siempre intenta algo que te saque de tu zona de comfort. Mi historia, en realidad, ya se la saben: yo no quería ir a Arizona, pero era el único lugar que me ofreció una beca. Me pasé casi dos años renegando de mi suerte, y no fue sino hasta que empecé a hacer caminatas en el desierto que descubrí la maravilla de vivir en él. A cinco años de haberme mudado a Tucson, y a una semana de haberme mudado a California, no exagero cuando digo que mi corazón se ha quedado en Tucson. En esos cinco años de vivir en el desierto (y no meramente el hecho de vivir en el desierto, pues; obviamente fue el montón de eventos y circunstancias que acabaron aconteciendo a raíz de mi estancia, pero el punto es que para mí vivir en el desierto significa ahora vivir bajo condiciones que originalmente no consideré óptimas) me enseñó a ser humilde y a encontrar la belleza en lugares insospechados. Aprendí a vivir en soledad, pero también me dió muy buenos amigos. Uno puede estar acompañado en muchas circunstancias poco convencionales. Hubo un tiempo en que mis únicos amigos fuera de mi familia eran Isami-san y Duende, con quienes hablaba casi todos los días, pero a quienes no he visto en persona en muchos años, creo que gracias a ellos no perdí la fe en las personas. Fue ahí donde también me acerqué de nuevo a Dios, con una fuerza y una fe que nunca antes había experimentado, y con una necesidad tan grande de entregar mi vida para el propósito por el que fui creada. Y fue ahí donde encontré a mi esposo, en el momento adecuado, a pesar de conocernos de tanto tiempo atrás. Tucson es el lugar donde comencé mi propia familia, no sólo porque ahí Will y yo nos casamos y nuestras familias se conocieron la semana de nuestra boda, sino porque ahí también eché raíces en la forma de amigos queridos y cercanos. Esta experiencia también me enseñó que en realidad no quiero ser economista tanto como yo creía, pero eso es algo con lo que debato un día sí y otro no. En todo caso lo que he aprendido es que la vida que quiero es una vida balanceada que deje algo bueno a los demás. Y lo demás sigue siendo un trabajo en progreso.

Todo esto viene del hecho que, después de unos días de luna de miel enamorándonos de San Diego, la realidad de ir a trabajar y re-familiarizarse con la vida en una gran ciudad y tiempos de transportación de casi una hora que implican largas caminatas (caminatas, ¡sí! lo único de lo cual no me quejo en absoluto), etc. me hizo acordarme de una de mis citas citables favoritas: Life sucks no matter what, so don't be fooled by location changes. -Daria Morgendorffer. La cuestión es que ahora ya no juzgo la ciudad por su cubierta, sino por mi apertura a disfrutarla (y a sufrirla, y sobrevivirla, pero, sobre todo, vivirla). Y lo demás es lo de menos.

Seguiremos informando.

Sean felices, tengan días buenos.

viernes, agosto 7

andanzas

Cuatro días no son en absoluto suficientes para estar en una ciudad que una quiere tanto y en donde hay gente maravillosa que una quiere tanto; no son suficientes pero sí bastante necesarios. Una visita bastante no planeada pero bastante completa a pesar de las correteadas. Pude hacer mi peregrinaje hacia los tres lugares que más guardo en mi corazón, y me sentí increíblemente feliz de poder reencontrarme con grandes amigos y atestiguar los importantes cambios que han tenido sus vidas, poder acompañarlos en momentos ahora tan difíciles, poder disfrutar de la magia que creamos juntos, la que quiero que nos continúe. De pronto me sentí plenamente consciente de que estaba atesorando nuevas memorias, algo un poco difícil de explicar, y sentí una parte de mí tranquila y renovada. De alguna manera siento que fue una visita que me dejó una sensación de bienestar y quizá de plenitud. Finalmente, en un último repaso de los hechos, esta mañana recorrí todo el Eje Central con El club de los Beatles de fondo en Universal Stereo, la cereza en el pastel fue subir al autobús y que antes de la película pasaran un video de Frank Sinatra (Body and Soul): una última coincidencia linda de despedida, you know, hasta la próxima vez ;)

Estoy ahora en una estancia corta con los Jóvenes Exploradores y estaría totalmente aterrada si no es porque me encuentro en un lugar maravilloso que satisface bastante bien los criterios para calificar como paraíso personal; tengo que volver en mejores y más tranquilas circunstancias. Estar en eventos así me hace consciente de lo verde que estoy para tantísimas cosas y de las carencias con las que cargo, pero me alegro de lo mucho que aprendo y de descubrir más y más facetas de la naturaleza humana de las que por hoy no hablo porque ya me está dando sueño.

update, 19hrs: first I was happy I could survive, then I realized, oh poor candid kitten, that cats only have nine lives; how many do I still have in this academic life?

martes, julio 14

Mario

Mi abuelo Mario murió hace 15 años, una tarde de julio quizá tan calurosa como ésta, sólo que él estaba en un frío hospital del Bajío. Yo tenía 12 años y volví a Tampico sin él, pero estaba segura que él volvería, que estaría bien, que nada más era un mareo raro; no sabía que era el corazón, un segundo infarto. Esa tarde imperó la desorganización y fue así que mi mamá se enteró de la muerte de su padre en una de las peores maneras posibles. Ella estaba al teléfono y yo ponía atención al televisor a lado suyo. Recuerdo que sus gritos y su histeria eran tales que yo me sentía incapaz de llorar o de sentir dolor, estaba atravesada por completo por la reacción de mi mamá. Me llevé a mi hermano y a mis dos primas a una recámara mientras alguien trataba calmar a mi madre. Ahí empezamos a llorar nosotros, hasta que Sara, que entonces tenía 4 años y que estaba jugando fuera y a quien nadie le había explicado del suceso, dijo que mi abuelito estaba ya en el cielo. Qué tan cierto es esto o no, es parte de nuestros mitos personales. Mi madre no permitió que ningún menor estuviese durante el velorio, así que yo no vi a mi abuelo sino hasta horas antes de su entierro. Verlo en su ataúd me llenó de mucha paz, se veía tan tranquilo, tan guapo en traje, con ese esbozo de sonrisa tan suya que no me costaba nada imaginarlo con su sonrisa completa; era tan fácil creer que estaba dormido y que en ese momento se iba a levantar a saludar a todos. Camino a Catedral para la misa de cuerpo presente, sobre la calle Colón me pareció verlo atravesar la calle hacia la Plaza de Armas, entonces grité ¡ahí va mi abuelito! dentro del coche, pero todos estaban tan sumidos en sus propios pensamientos que nadie me prestó atención. Por años me siguió pasando eso, lo confundía en la calle y le hablaba, o estaba en el corredor de casa de mi abuelita y creía verlo venir por los framboyanes y me paraba para ayudarlo con su eterna bolsa de mandado con la que venía de trabajar, cuántas veces me detuve justo en la puerta de la entrada al descubrir que se trataba de otra persona. Yo le lloré muy poco y aún hoy de su partida lo que más me duele es que mi madre no se haya podido despedir de él. Creo que no lo extraño porque siempre lo he sentido cerca de mí. De más chica yo dejé de rezar a Dios y elevé a mi abuelo a categoría de santo, porque le rezaba a él y le pedía a él que intercediera por mí. A decir de otros miembros de la familia, no soy la única que hizo de esto una práctica personal. No recuerdo a mi abuelo siendo particularmente amoroso conmigo, pero tengo esta imagen suya de generosidad y bondad plena de su parte hacia todos los que le rodeaban. Me gusta hablar de él, recordar sus historias, sus manías, sus maneras. A mí siempre me pareció un hombre bastante guapo, extremadamente pulcro, con carácter, entereza, un sentido del humor y una caballerosidad excepcionales. Recuerdo lo orgullosa que me sentí la vez que en ese viaje uno de sus amigos dijo que por mi forma de hablar y de expresarme se notaba que era nieta suya; recuerdo con tristeza la vez que me agarré a llorar porque me di cuenta que no estaría conmigo en mis XV años para dar mi brindis y bailar conmigo. Las ausencias sistemáticas de mi padre durante mi niñez hicieron que adoptara a mi abuelo como una figura paterna en innumerables ocasiones; aunque él ha sido de esas pocas personas cuya autoridad podía temer. Mi abuelo materno y mi padre son el mayor ejemplo en mi vida de lo que significa ser un self-made man, y a veces temo que ya no haya hombres de esa calidad.


*

Un sábado de hace 15 años mi familia, amigos y compañeros, clientes y conocidos de mi abuelo y su rumbo llenamos Catedral para despedirlo. Hoy sólo estuvimos sus hijos, nietos y un par de sus nueras y llenamos la capillita del Buen Pastor. Mamá hizo arroz con leche y se armó la cooperacha para ir por leche, cocas y galletas; el café fue cortesía de la casa. Estuvimos en el corredor de toda la vida tomando el fresco, hablándonos a gritos de extremo a extremo, yo hice mis corajes de siempre por la bola de vaquetones que sólo esperan ser servidos y nunca se ofrecen a servir. Me gusta pararme en el marco de la puerta porque así puedo ver a mis primos sentados en la sala chismeando, y a mis tíos, tías, mi madre y mi abue en el corredor contándose cosas, y los chiquitos corriendo de un lado a otro y relevo a mi abuelita diciéndoles que por el jardín no se crucen. Pienso que mi abuelo nos dejó una linda familia, a pesar de todo. A las 9pm el calor sigue con ganas y las nubes nos dejan el ambiente bochornoso, los primos salen al corredor y hay gente parada y sentada unos contra otros en las sillas. Es mucho alboroto, muchas risas. Pienso que mi abuelito nos ve y se ríe, pienso que está contento de nuestros planes, que está satisfecho de que estemos todos con mi abuelita y que la hacemos carcajear. Pienso, mientras sale la ronda de comentarios quejándose de los moscos y las hormigas y la canícula, que José Carlos, que me gana en años y experiencia y a veces en corazón, estaba en lo cierto cuando decía que somos una constelación de vidas encarnadas por muchas personas distintas que tienen el mismo nombre.

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Mi abuelo, no obstante, no era perfecto y uno de sus defectos era su irremediable homofobia, al grado de que intentó, sin éxito, cambiar el número telefónico que le asignaron con terminación en 41, por ejemplo. En contrapeso a esta entrada, quiero decir que a las pelis de Almodóvar cada vez más les agarro gusto (porque encuentro sus historias bastante originales, emocionales y entretenidas, nada que ver con mi aparente Españofilia) y hasta pienso que me gustaría verlas en libro, no como guiones cinematográficos sino estructurados en cuento y novela. Pienso que Tacones lejanos sería un gran cuento (la ví hace un par de noches) y que Todo sobre mi madre sería La novela almodovariana; quién sabe, pero me gustaría.

martes, junio 23

...

Mi madre tiene dos formas de echar en cara el hecho de que sea la única de los cuatro que vive permanentemente aquí. La primera es la mano férrea que ha tenido desde hace tres años para no permitirnos a Andrés y a mí tener de nuevo un perro. Mi papá y yo somos amantes de los perros pero mi madre se rehúsa a ser la encargada de uno del que sólo cuidaremos nosotros durante las vacaciones. La segunda es su constante reproche de que todos vemos esta casa como hotel de paso, comentario que sale el 50% de los casos en broma y la otra mitad bastante en serio. Supongo que en este caso no se le puede negar la razón, pues el miércoles se fueron mi hermano y Aarni y el jueves Miguel, yo llegué el viernes, Andrés el sábado para irse el domingo y esta mañana están de vuelta Víktor & cía; mi abuela amenaza con visitarnos y mamá sospecha que Andrés traerá este fin a mi tío Manuel. Pero una vez ya ordenados, al final de la historia quedamos la pequeña e intermitente familia feliz. Por lo pronto me divierte la idea de tener temporalmente un hermano putativo en casa y tener una imagen aproximada de la familia que pudimos ser, aún cuando Andrés, sin vacaciones este verano, dice que no puede creer que tenga en casa a tres desempleados en edad productiva (de nada me sirvió tratar de explicarle que en términos oficiales yo cuento como económicamente inactiva). Y entre comidas comunales y pago de visitas y la cálida humedad de las lluvias de verano, el paper para el taller en Guanajuato sigue más que encantado durmiendo el sueño de los justos, me busco actividades para hacer estos días productivos, y espero en el fondo de mi corazón encontrar la manera de convencerte que reestructures esa agenda y te dejes escapar al mar.