viernes, abril 4

just because I can

 A principios de este año abrí un nuevo blog que esperaba fuese un desahogario un poco más constructivo que éste que tengo aquí, que habla (aunque cada vez con menos frecuencia) de cualquier cosa que me venga a la cabeza o al corazón si me da tiempo y un mínimo de elocuencia para compartir. En todos estos años he tenido esta intención de abrir ya tres blogs alternos que nomás no sobreviven, así que supongo que esto quiere decir que lo único que me permanece siempre es un lugar donde queda una miscelánea de ideas, como éste. En fin, lo que quiero decir con todo esto es que en ese blog la idea era escribir para ayudarme a mantener el ánimo positivo en esos días oscuros cuando parecía que no pasaba nada bueno en mi vida. "Una bendición al día" era el título, donde escribiera por lo menos una cosa por la que estaba agradecida a pesar de mis circunstancias. Muchos estudios confirman que las personas agradecidas son más felices. Yo sólo sé que cuando hago una pausa para valorar todas las cosas buenas en mi vida acabo más agradecida y aliviada que cuando me concentro en todo lo malo que a veces las circunstancias temporales traen. En fin. Como dije, ese blog nunca cuajó, en parte porque no sé muy bien porqué pero en todo lo que va del año no he podido ni terminar de leer un libro ni de escribir una serie de ideas concretas (o de escribir un email largo de esos que escribía antes), y mis ideas se quedan ahí en mi cabecita, o en una de esas conversaciones largas que de pronto tengo. Lo que sí es que hay tres cosas por las que siempre siempre siempre estuve agradecida y que me mantuvieron con cordura en los últimos seis meses de mi vida, y de lo que podría hablar y escribir por horas: el apoyo de mi familia, mi matrimonio con Will, y correr. Correr es quizá lo menos personal de esta lista. Quizá no. Pero mi entusiasmo de anoche me lleva a escribir de eso hoy.
Anoche decidí salirme temprano del trabajo a pesar de haber llegado tarde nuevamente, pero decidí que ya era tiempo para volver a correr. En febrero me lastimé la rodilla izquierda y por una alta dosis de ignorancia y desidia seguí corriendo por días hasta que la rodilla estaba evidentemente inflamada y mi doctora de cabecera me dijo que si quería seguir corriendo tenía que dejar de correr por seis semanas hasta que se recuperara esa rodilla. Seis semanas después, aquí estoy.
Creo que por aquí ya había dicho que decidí darle una oportunidad a correr cuando en enero de 2012 mi sobrepeso estaba en el límite de calificar como obesidad, de acuerdo a mi IMC. Después de perder un par de kilos y haber tenido cierta rutina yendo al gimnasio a darle a la elípitica, recordé a todos mis amigos que estaban corriendo y que se mantenían en excelente forma gracias a correr. Por esas fechas leí "What I talk about when I talk about running", de Haruki Murakami, más por los consejos que da sobre escribir que necesariamente sobre correr, y eso me convenció de intentarlo. La idea de poder hacer algo por mí misma, sin reglas y sin tener que necesariamente ir a algún lugar en especial o a cierta hora me convenció. Encontré un plan para empezar caminando e ir corriendo poco a poco y a principios de mayo de ese año lo empecé. Un mes después ya era capaz de correr por ocho minutos sin parar y entonces en una plática con mi amiga PV le confesé, como si fuese un secreto vergonzoso, que estaba intentando correr. En uno de esos muchos encuentros que suceden con una persona que poco a poco se va haciendo una gran amiga, PV me respondió, como en muchas otras ocasiones, "¡yo también!" y fue así que nos hicimos compañeras en esa aventura de tener treinta años, nunca haber practicado deporte o actividad física en la vida, y responder al llamado del cuerpo que te pide que lo muevas, que lo utilices. Porque justamente fue eso lo que me motivó a intentar hacer algo, más allá de las metas difusas de bajar de peso o perder talla, la necesidad de mi cuerpo de experimentar movimiento era un llamado que ya no podía acallar.
Correr en Tucson durante el verano implica tener que levantarse muy temprano para ganarle al sol, y para poder correr en el campus de la universidad sin tener que lidiar con las hordas de estudiantes que cruzan por todos lados para llegar a clases. PV y yo nos encontrábamos en la entrada de Park & University, caminábamos por 15 minutos, corríamos por 8-10 y caminábamos otros 10 minutos más. Ésa fue nuestra rutina por más de dos meses, hasta que tuve que mudarme a San Diego. Ahí tuve la fortuna de vivir cerca de Balboa Park, que fue la mayor fuente de inspiración para decidir seguir corriendo a pesar de no tener el apoyo y la compañía de PV. El parque está lleno de corredores, de todos niveles y de todas las formas. Fuera de sentirme intimidada por los atletas y los súper cuerpos, los veía como instructores, tratando de imitar su postura, su ritmo, su respiración, y como inspiración: "quizá algún día yo voy a poder correr así". Empecé caminando de la casa al parque, 15 minutos, y luego en el parque una mezcla de trote y caminata en el circuito de milla y media, más los 15 minutos caminando de regreso. Me gustaba llegar temprano de trabajar, como a las 5pm, para evitar el tráfico y encontrar luz de día para cambiarme, ir a correr, regresar a bañarme y cenar. Era la rutina perfecta. Pero después el horario cambió y estaba oscuro a las seis de la tarde, por lo que volví a correr en la mañana. Entre una serie de presentaciones y viajes entre febrero y abril de 2013, poco a poco dejé de correr, pero para entonces ya podía echarme el circuito de milla y media del parque en dos partes, y la mitad del camino de mi casa al parque.
Ese verano regresé a Tucson, pero en medio del final de la tesis, la defensa, las tres mudanzas que nos aventamos en cuatro meses, y todo lo demás, correr dejó de ser una prioridad. Sólo en tres ocasiones salimos a correr, y tuvimos que parar ante una temporada de monsones más larga y activa de lo esperado por vivir cerca de las montañas y a la presencia de linces en la zona en la que estuvimos viviendo esos días.
Volví a Tampico en septiembre, en medio de un montón de circunstancias que no necesariamente elegí, y con proyectos que no cuajaron al principio. Coincidió que mi padre estaba de vacaciones y que a pesar de que su vida sedentaria es imposición de su trabajo, él es una persona muy activa. Andrés me despertaba a las siete de la mañana y mientras él tomaba café yo me cambiaba. Esas dos semanas íbamos a caminar al campo de beisbol y poco a poco volví a sentir el gusanito por correr. Mi mamá toma una clase en la universidad por las mañanas y empecé a ir con ella para caminar/trotar en el campus. Así descubrí la pista de atletismo, en donde me curtí hasta poder correr dos kilómetros sin parar, luego tres, luego cuatro parando varias veces para tomar el aire. Y un día hice el circuito alrededor del campus: una vuelta completa son 2.5kms, pausa para respirar, y una vuelta más. El día que pude hacer el recorrido sin parar me apunté a mi primera carrera 5K. Tampico fue mi campo de entrenamiento. Corrí en la pista de la universidad y luego en el campus; corrí a lo largo de la zona militar, a pesar de que odio ver a las fuerzas armadas en todos lados, pero tenían una muy buena banqueta sin interrupciones, era bueno para entrenar subidas; y corrí en el campo de beisbol, un buen entrenamiento para trail running. Corrí con sol, viento (unos nortes riquísimos) y lluvia. Descubrí que el mejor clima para mí es cuando hay mal tiempo. Mi segunda y última carrera fue un evento nocturno en la playa. Y justo cuando me sentí en buena forma para ir por más, me lastimé. Pero de ahí también aprendí una buena lección, y me hizo darme cuenta de lo mucho que me gusta correr, a pesar de que no siempre sea algo fácil.
Nunca he corrido más de cuatro días a la semana y lo más que he corrido sin parar son seis kilómetros. Mi promedio semanal son 15K. Soy una corredora en ciernes, y así como me pasa en la academia con este horrible impostor syndrome, prefiero considerarme una persona que corre para mantenerse activa, antes de llamarme corredora. Tampoco quiero ser una de esas personas que una vez que empiezan a correr se agarran queriendo evangelizar a todo mundo con las bondades de correr y que se piensan mejores personas porque ellos sí se dan el tiempo para ejercitarse. Esa gente me cae mal, así como me cae mal la gente que sólo porque hacen algo piensan que todos los demás deben hacerlo. Sé que correr no es para todo el mundo, y a mí esto es lo que me funcionó.  Correr no me hace una mejor persona, pero me ayuda a formar una mejor versión de mí misma.
Correr me ayudó a tener un propósito cuando todo las metas que yo tenía en mi mente y en mi corazón no eran factibles en ese momento. Correr me dio la fortaleza para enfrentar las inseguridades de ver a todo mundo llevando la vida perfecta cuando la mía era una gran incógnita. Correr me dio la sensación de que al menos algo yo podía controlar cuando había muchísimas cosas totalmente fuera de mi control. Correr dejó exhausto mi cuerpo de una forma mucho más satisfactoria que la exhaustividad de todas mis frustraciones. Correr me mantiene en comunicación con el resto de mi cuerpo; cuando no lo hago, algo malo pasa. Correr me recuerda que siempre puedo hacer algo más, y que con perseverancia y paciencia puedo pasar mis límites. Suena bastante a cliché, ¿no? Pero es que así nos pasa a algunas personas. Yo no sé si un día vaya a poder correr un maratón, pero mi meta para este año (si todo sale bien y no tengo más lesiones) es poder correr 10 kilómetros al hilo, aún cuando aún no pueda competir.
Así que anoche llegué y sin titubear me cambié de inmediato. Ése es el primer paso, porque como dice Murakami, tengo más razones para no salir a correr que para hacerlo, así que me preparo para salir a correr sin pensarlo mucho y ya una vez vestida, ya llevo algo de ventaja. Era mi primera vez corriendo en la ciudad de México, así que Will me advirtió de tener cuidado de no exigirme mucho por ser la primera vez de correr en esta altitud. Hice mi calentamiento dinámico en casa. A mí me gusta correr con ropa de compresión porque es mucho más cómoda, pero eso no esconde ninguna imperfección y soy demasiado consciente de ello, por lo que prefiero que si voy vestida así en público sea estando en movimiento, así nadie te pone atención. Salí a correr por uno de los camellones menores pero estaba tan entusiasmada que corrí más rápido de lo que planeaba y a los siete minutos tuve que parar a tomar aire. De ahí me pasé al camellón de la avenida mayor, y cuál fue mi sorpresa al darme cuenta que no era un camino de arcilla sino de grava, y eso da una sensación casi como de correr sobre arena, lo que me hizo correr más despacio aún y me cansó más rápido. Al final, entre torear coches, esperar semáforos y tomar aire, acabé parándome como en seis ocasiones; eso me frustró un poco. Pero me sorprendió que logré terminar 4.5km en 30 mins y mantener mi ritmo anterior. Me falta trabajar mucho en mi respiración, pero es algo en lo que puedo concentrarme poco a poco.
En fin. Considero que poder correr para mí es un logro enorme y real, porque a diferencia de muchas otras cosas que hago o he hecho en mi vida, correr es algo que nunca pensé que haría ni que fuera para mí y que me pide mucha más perseverancia y disciplina que presentar en público o terminar mi tesis, cosas que de una forma u otra estoy obligada o preparada mentalmente a hacer, no importa cuánto pueda detestarlo. Correr es algo que nadie me obliga a hacer, pero que me siento llamada a hacer y que pide de casi todas mis capacidades y eso me hace sentirme muy viva. Y al final de cuentas, por eso lo sigo haciendo. Nada más porque sí. Porque sé que puedo. Así que ¿por qué no?



martes, abril 1

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Uno de los mayores placeres y honores de esta vida es poder ser testigo de la vida de la gente a la que quiero. Así, aunque pase el tiempo, aunque se vayan, aunque ya no estemos juntos, aunque ya nunca nos volvamos a ver, siempre habrá ese pedacito de vida que compartimos. Así, la añoranza, aunque cale, duele un poquito menos.
Sí, es una de esas noches en las que me asaltan el montón de memorias...

jueves, marzo 6

comienzos

Este blog ha sido testigo de bastantes mudanzas en los últimos siete años, así que aquí le agregamos una más, para completar el círculo, aunque ya rompimos con el aparente patrón de ir de un lugar a otro en múltiplos de cinco años, pero qué se le va a hacer cuando la vida se atraviesa.
Después de meses de incertidumbre, las puertas se empezaron a abrir y hoy estamos de vuelta en la Gran Ciudad, después de casi siete años y en una nueva ubicación. Después de debatirme entre regresar a alguno de los dos lugares de donde guardo grandes memorias y que considero muy lindos para vivir, finalmente el destino me llevó a una zona que siempre me ha gustado pero en la que no había vivido antes para poder empezar a escribir una nueva  historia y crear nuevas memorias. Sí, así de llenos de cursiladas son mis razonamientos cuando tomo decisiones importantes.
Y como siempre, nomás llegar a esta ciudad y empiezan las coincidencias. Reencontrarme con uno de mis mejores amigos después de nueve años de no vernos en persona, conocer a su familia y poder platicar como lo hemos hecho durante tantísimo tiempo a pesar de la distancia pero por fin frente a frente, fue maravilloso, me puso feliz y me llenó de energía. Tener a mi madre acompañándome en esta mudanza por primera vez ha sido una buena experiencia a pesar de todas las oportunidades que tenemos para chocar debido a nuestros temperamentos. Poco a poco me voy sintiendo de nuevo como en casa y todo lo bueno que me encuentro me hace anhelar cada vez más el momento de que mi corazón esté completo y Will y yo estemos de nuevo juntos.
Trabajar en este lugar lleno de historia y memorias me revitaliza. Se siente raro tener un horario de trabajo pero creo que me ayuda a estar organizada y ser más eficiente con mi tiempo y me siento llena de ideas por desarrollar. Mi ventana tiene una vista linda, con una enorme jacaranda en flor. Por las mañanas veo a los estudiantes tomar una siesta mañanera entre clases y por las tardes esa manchita de pasto se llena de parejitas metiéndose mano por debajo de chamarras y batas de laboratorio. Parte de mi ruido blanco viene de los ocasionales partidos de futbol en la cancha de enfrente, que no es tan alto como para acallar el trino de los pájaros. Ayer descubrí que hay gorriones y cardenales (¿son cardenales si también tienen el pecho rojo?).
A pesar de que no todas mis circunstancias son ideales, creo que soy feliz y veo la vida con optimismo, al menos por hoy. No sé cuánto me dure este encanto, pero por lo pronto sólo me queda disfrutarlo y aprovecharlo para sacar todo el trabajo que sea posible por ahora.
Sean felices. Tengan días buenos.

jueves, febrero 6

Throwback Thursday

Aparentemente existe esa costumbre en twitter o instagram de postear fotos viejas de uno los jueves. No es algo que yo haga, pero sin querer coincide en que hoy visto dos piezas ya bastante viejas que hace muchos años no usaba y que se han vuelto parte de mi rotación en el clóset. 
Una es mi suéter rojo quemado, mezcla de acrílico súper calientito y un poco de spándex, que me gusta tanto porque es el único que tiene ese cuello de ojal que me encanta en camisetas y vestidos y que no es tan fácil de encontrar. Tiene muchísimos años que no lo usaba porque hace mucho creía que un poco de pancita me hacía ver súper gorda y por vanidad no quería que ese poquito de spándex me hiciera ver mal. También lo asociaba con la última vez que vi a RB poco antes de mi cumpleaños por allá del año 2001 y lo molesta que me sentía de darme cuenta que había estado saliendo con un pusilánime, que también fue la vez que un extraño me paró en la calle para decirme, entre otras cosas, que no debía caminar jorobada y que tenía una sonrisa muy linda (un cumplido que aprecio mucho sobre todo considerando que tengo los dientes bien chuecos). En fin. El suéter lo guardé con la esperanza de usarlo de nuevo cuando fuese delgada, y hace poco haciendo una depuración más de clósets y libreros lo encontré. Lo lavé y me di cuenta que a pesar de mi panza no se ve mal, y es súper calientito. Me sigue gustando mucho, a pesar de no haberlo usado en por lo menos diez años.
Mi otra pieza de nostalgia es mi par de botas mineras color café, que han sobrevivido cuatro mudanzas desde que los usé por última vez cuando tenía 19 años. Después de lavarlas, cambiarles las plantillas y llevarlas al zapatero para una limpieza más profunda y algo así como una reparación, hoy las uso de nuevo. Mi idea era reciclarlas para no tener que comprar uno de esos pares de botines de agujeta que han vuelto de la moda grunge de principios de los noventa, pero ahora me doy cuenta que no son tan parecidas en estilo. Aún así me gustan, aunque son casi tan incómodas como las recuerdo de hace tantos años, pero después de unas horas y de cambiarme los calcetines ya las he vuelto a amoldar y se sienten bien. Algo hay en ciertos zapatos que te ayudan a conectarte con la actitud adecuada para ciertas ocasiones. Es el caso de mis flats rojos puntiagudos que me gusta usar en algunas presentaciones importantes, mis converse color marrón o mis flats dorados de punta redonda. Es el caso de estas botas que me ayudan a sentir que vivo mi vida en mis propios términos, lo que sea que eso signifique, aún cuando esa sensación sea artificial y temporal, aún cuando sea producto de mi necesidad de sentir que tengo algo de control en medio de lo que será mi mudanza número 18 en 32 años de vida, y del montón de papeleos, burocracias y trabajos pendientes que parece que nunca van a terminar, trajeteos propias de la vida y las decisiones que decido tomar. O algo así.
Quizá sólo es que me emociona el que, a pesar de que vivimos en unos tiempos en los que ya casi nada es duradero, mi suéter de acrílico aún se ve y se siente bien, y mis botas de piel barata y casquillos pesados han sobrevivido por más de diez años. Quizá se siente bien saber que a pesar de que hay muchas cosas que han cambiado, de mí, a mi alrededor, hay ciertas cosas que sobreviven y permanecen, aunque sean recicladas. Quizá a veces sólo sea cuestión de convertir cosas tan simples como un suéter o unos zapatos en símbolos que representan lo que queramos.


jueves, enero 23

Una de cal

Hace poco más de un mes, mi paz y la de mi familia fue amenazada de forma tal que la semilla del resentimiento (contra mi país y las condiciones en las que se encuentra) quería asentarse en mí. No la dejé germinar, pero ese sentir de vez en cuando me llega e insiste en hacerse presente.
Últimamente todos mis días se convierten en una serie de decisiones sobre cómo quiero sobrellevar mis circunstancias, así que por cada pensamiento o sentimiento negativo que me agobia, trato de contrastarlo con una de las muchas cosas y personas buenas que hay a mi alrededor.
Hoy, después de una semana de clima templado de día y noches agradables, feliz de ver nuevamente a mi hermano y mirar a través de su ventana me topé con una de mis vistas favoritas de este puerto tropical. Éstas son dos de las cosas que más me gustan de estar aquí:
1. Ser testigo del momento exacto en el que "entra un norte", cuando de una impresionante calma chicha pasamos paulatinamente a experimentar vientos cada vez más fríos y más rápidos, obviamente provinientes del norte. La piel de pronto se reseca un poco, los pies sudan, en las banquetas se empiezan a formar montoncitos de arena que el aire arrastra mientras también despeina los cabellos. Y por unas horas o unos cuantos días nos olvidamos que las más de las veces tenemos temperaturas arriba de los treinta grados centígrados.
2. Algunos despistados comienzan a hacerlo en pleno diciembre, pero la mayoría ya está lleno para mediados de enero. En el ínter, la vista desde cualquier azotea está plagada de muchísimos árboles de mango tapizados con florecitas que en unos meses más serán jugosa fruta. Febrero y marzo son la prueba a vencer: tradicionalmente meses de constantes "nortes" que se llevan no sólo las flores, sino también ya los manguitos de aquellos que florearon con anticipación. La promesa de ricos mangos en todos lados entre mayo y junio hacen de este paisaje algo aún más alentador.
En fin.
Sean felices. Tengan días buenos.

jueves, enero 16

Mirror, mirror

Ron: [on Justin] He's a tourist. He vacations in peoples' lives, takes pictures, puts them in a scrapbook, and moves on. All he's interested in are stories.
Leslie: Uh...
Ron: Basically, Leslie, he is selfish.

Parks and Recreation, Season 2, Episode 16, "Galentine's Day"

jueves, diciembre 5

uno pone...

Casi todas las cosas grandes que he añorado he visto cómo les llegan a otros, cómo las viven y las disfrutan; cómo el sueño que yo tuve es vivido al pie de la letra por alguien más. Hasta hoy, sin embargo, Dios me ha demostrado que las añoranzas de mi corazón son satisfechas de una forma u otra, pero que sus caminos y sus maneras escapan, y siempe escaparán, a mi comprensión, a mis planes y a mis diseños. La mayoría de las veces es difícil ser obediente en estas circunstancias, pero nadie dijo que esto es fácil. This life is not about me.
Como cristiana, el tiempo de Cuaresma, Pascua y Resurrección me resulta el más importante y significativo. Saber que mi Dios fue humillado, traicionado, burlado; que Él se vio tentado y también quiso por un momento evitar su destino; saber que en su condición de Dios presenta tal humanidad, me hace sentir más cercana a Él a sabiendas de que Él sabe por lo que estoy pasando, y que Él me ha dado tal ejemplo de entereza y humildad y rendimiento a la voluntad del Padre, el Padre que tiene un plan para todos y cada uno de nosotros.
Así que esto me sostiene, en momentos en los que sé que no tengo nada, y que lo poquito que tengo a veces ni es tangible; en los días en los que mi esperanza duda y mi espíritu de lucha pende de alfileres; en los días en los que quiero mandar todo a volar; en los días cuando me enojo, me reprocho y me pregunto ¿por qué? ¿cuándo? Así es que en lugar de fijarme en lo que no tengo y lo que no sé si va a llegar, me fijo en lo que es permanente y en lo único que es seguro, que es el amor de Dios hacia mí y la convicción de que cualquiera que sean sus planes, serán para lo mejor, para ese plan que es mayor que mis deseos y, sí, a veces, mis caprichos. Por eso yo hago mi parte, y lloro un poco para sacar todo esto y para sacar otra vez algo de fuerza, porque con su gracia decido seguir el camino menos transitado. El de ser paciente y el de ser perseverante, el de seguir trabajando y de mostrar el optimismo que sólo puede venir de la fe, aún cuando no llegue la confirmación de la oferta de trabajo que espero, aún cuando aún no puedo ver a mi esposo, aún cuando mis planes, mis deseos, como yo los esperaba, no se concreten. This is not about me.