Mostrando las entradas con la etiqueta aquellos maravillosos sabios viejos amigos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta aquellos maravillosos sabios viejos amigos. Mostrar todas las entradas

sábado, marzo 21

verde brillante

Un personajazo, buen amigo, compinche de un viaje a la aventura y compañero entrañable de un proyecto lleno de chamba y buenas intenciones, recientemente fue admitido en cierta universidad de prestigio mundial (Ivy League, Massachusetts, todo eso). Hace un rato me entero que está pensando en rechazar temporalmente la oferta. Le escribo porque creo saber de qué van ese tipo de decisiones y porqué las dudas llegan en el momento en que uno cree que menos deberían llegar; le escribo porque las distancias no me dejan poner mi mano en su hombro, ni bromear de frente, ni platicar así largo y tendido como la última vez que lo vi.
Me responde pronto, mucha fuerza y determinación, humor y fe; y éste es un cachito casi al final de su mensaje:
pero creo que si algo he aprendido en estos años es esto que dices, que cuando uno hace las cosas que considera buenas, y las hace bien, el universo conspira para que las cosas sucedan bien, siempre, claro, reservándose el derecho de sorprendernos con sus propias ocurrencias.
Delicias tan simples y tan grandes. Hasta aminoró el dolor de cabeza. Y me ha dejado con un enorme sonrisa para el resto del día. Hacía tanto que no me sentía tan segura de que, efectivamente, todo ocurre para bien.

miércoles, febrero 11

.

Admiro a la gente fuerte, a la que es capaz de ser sincera consigo misma y no doblarse. Admiro a la gente que entiende el miedo, que lo acepta pero no se deja dominar por él. Admiro a la gente de corazón grande; gente entera, noble, generosa.
Soy feliz de contar entre mis amigos a personas así de admirables.

domingo, junio 15

las viejas cartas

Querida Karina:

Regresar a casa nunca es una experiencia anodina. Para empezar, se exhaltan
los primeros sentidos: los que fueron educados alrededor de las mecedoras de
metal que nuestra gente pone enfrente de las casas para festejar la entrada
del crepúsculo. Esas mecedoras que parece que siempre anteceden a la jarra
de agua fría y al cándido parloteo de nuestros viejos. Luego viene el ajuste
de cuentas con los demás: ¿por qué todos que crecieron igual que nosotros
siguen tan igual, como si no sospecharan que el mundo afuera es una
carnicería? ¿Por qué se dan el lujo de creer que la vida se puede entender
con unos cuantos años de mala escuela y las manos llenas de rosarios? ¿Por
qué son tan poco héroes los héroes que nos inflaron el pecho arable de la
niñez? Y esa barda ¿siempre fue así de pequeña? Finalmente nos toca
enfrentarnos a nosotros: ¿Cuánto de mi se ha perdido en el jaloneo de la
nueva vida que me he inventado ahora? ¿Por qué no siento la misma entrega
por mis primeros amores, por las creencias de mis mayores? Por eso es que,
querida Karina, volver a casa, a respirar los primeros olores, a paladear
los primeros sabores o, simplemente, ver las criaturas que la vida nos puso
como escenario de nuestra infancia, no es sólo una visita más: es entender
que somos una constelación de vidas encarnadas por muchas personas distintas
que tienen el mismo nombre.

JC

julio2002


Pero eso fue hace mucho tiempo, y ya lo había dicho, las perspectivas con el tiempo cambian (y aún así, sigue habiendo tanto de cierto)

Update de las 23:40 habiéndose reacomodado un poco todo alrededor (o habiendo uno mismo reconociendo/reconociéndose), todo lo demás toma su correspondiente magnitud, uno ríe y de pronto lo único realmente importante es preguntarse cómo diablos le vamos a hacer para acostumbrarnos a esta humedad y a volver a esa rutina de 3 baños al día, nomás por sobrevivir...